"PALABRA CREADORA"
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EDMUNDO MOURE
CRÓNICA
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LAS CUBAS DE CYDONIA
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ECOS DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA
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VIAJE EN MICROBÚS
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MADRUGADORES
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LA VIDA COMO ESPECTÁCULO
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DE LOS SUEÑOS
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LA MEMORIA VIVA
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PARIENTES ILUSTRES
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PARIENTES POBRES
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ARTE POÉTICA, ARTE DE VIDA
Nací en el verano del Sur, a comienzos de 1941, en Santiago del Nuevo Extremo, el segundo de ocho hijos; pude haber nacido en el invierno del Norte, en la aldea de Santa María de Vilaquinte, en la Galicia profunda… Todo pendió del cabo indescifrable del destino, porque mi padre se embarcaría a los doce años, con sus padres y hermanos, para cruzar el océano proceloso de la emigración. Aquí iba a fundar, con mi madre chilena, una prole numerosa, marcada a fuego por dos nostalgias: la de los lluviosos montes gallegos y la del valle central de Chile, con sus volcanes desmesurados. Todo ello en la ardua simiente de la libertad, desde los viejos principios republicanos de España hasta las nuevas ansias de liberación de la patria de Mistral y Neruda.
A temprana edad disfruté el sabor de los libros, la dulzura rumorosa de la lengua gallega y la solemnidad rotunda del castellano. Entre estos dos idiomas surgió el amor por las palabras y la extraña vocación que se mueve –al decir de Truman Capote- entre el don y el látigo, con sus destellos, apremios y servidumbres… Como el amor, cabría decir, en ese cauce de reinvención de los nombres a que estamos sujetos los poetas, sin otra esperanza que desposarnos con la metáfora y alzar la antorcha de la ironía –en lugar de la espada y el fusil- en el quehacer cotidiano, en la hermandad del pan y del vino.
Soy un escritor comprometido. Primero, con mi estética, de donde nace la ética y se nutre toda acción. Enseguida, con el padecimiento humano, que es mi propio padecer, con el grito, canto y clamor que nos une desde la noche de los tiempos, cuando una mujer inauguró el lenguaje, cara al primer fuego propiciatorio, fundando la oralidad, es decir, la cultura, para que entregáramos nuestro compromiso en el telar de los sueños comunitarios.
La individualidad cuenta poco, a pesar de nuestro narcisismo y de nuestra egolatría. Sólo agregamos algunas sílabas al gran libro que venimos escribiendo desde Homero, pero debemos hacerlo con entusiasmo y entrega, con pasión y denuedo. La inmortalidad y la trascendencia son las de este momento, en que escribo, en que canto… Lo demás es ilusión y desvarío.
Edmundo Moure
Octubre 2009
CRÓNICA
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LAS CUBAS DE CYDONIA
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ECOS DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA
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VIAJE EN MICROBÚS
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MADRUGADORES
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LA VIDA COMO ESPECTÁCULO
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DE LOS SUEÑOS
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LA MEMORIA VIVA
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PARIENTES POBRES
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IMÁGENES POR MIL PALABRAS
GOLONDRINAS SIN TIEMPO
“No hay regreso, abuela,
nunca
regresa el mismo hombre
al mismo sitio…
Todos los rumbos, todos los navíos
me llevan al gran río a renacer”
Antón Avilés de Taramancos
El primer gallego emigrante que arribó a Chile fue el lucense Rodrigo de Quiroga, lugarteniente del conquistador de Chile, el extremeño Pedro de Valdivia. Para nosotros, el último peregrino sin regreso, desde la vieja Galicia, fue nuestro padre... El primero pertenece a la galería de la “historia oficial”, consagrada en documentos eruditos; el segundo es fruto de la anónima historia cotidiana de tantos miles de emigrantes. Cuatro siglos separan aquellas dos relaciones vitales, con raras semejanzas y curiosos vaticinios. Ambos dejaron testimonios escritos. Mi padre no conoció el Diario de Quiroga, al que yo tendría acceso, en afanes de una investigación encomendada, dos años después de la última partida de mi progenitor. Rodrigo jamás volvió a España. Sus restos reposan, junto a los de su esposa y compañera durante treinta años, Inés de Suárez, en la iglesia de la Merced, en Santiago de Chile. Él tuvo su pasamento[1] en 1580, a los 68 años de edad; ella –seis años mayor que él-, en 1578, a los 72. Nuestro progenitor, Francisco, pudo regresar, a los setenta años, como viejo indiano que constata lo arbitrario de algunos anhelos y el cumplimiento de sueños que no intuyó en sus juveniles propósitos.
Mi padre murió en noviembre de 1998, poco antes de cumplir los 87 años de edad. Meses después encontré, junto a documentos y papeles íntimos, un cuaderno donde había escrito páginas testimoniales, a manera de un diario disperso, escrito sólo para él, quizá al modo machadiano de “hablar a quien siempre va conmigo”, en esa mágica instancia de vernos a nosotros mismos desde fuera, contándonos la vida como si lo hiciéramos al más secreto de los amigos. Me llamó la atención una breve referencia, junto a un sencillo dibujo alusivo, a las “golondrinas estrelladas”, que en primavera armaban su nido en el triángulo suroeste de la vieja casa de piedra. (Recordé, como un ramalazo o destello súbito de la memoria, que en mi último viaje a la aldea, antes de su partida, me recomendó constatar si ellas aún armaban su nido en el alero de la casa)… Estas inquietas avecillas lucían, de tanto en tanto, una especie de estrella negra de cuatro puntas sobre los ojos; no ocurría todos los años, por lo que los campesinos presumían que las cosechas iban a ser buenas cuando ellas revoloteaban en las primicias aéreas de abril. En el diario de Quiroga se menciona a las golondrinas “de la sagrada cruz en la frente”.
¿Quién inventó el símil metafórico de la golondrina? Nunca lo sabremos, pero podemos atribuirlo al inconsciente colectivo, ese sustrato misterioso, germinado en la extensa época de la oralidad humana, desde donde surgen los grandes mitos y las leyendas fundacionales. Bécquer canta a la golondrina como símbolo de la fugacidad del tiempo en el amor; también lo hace su contemporánea, Rosalía de Castro, nominándola por la bella palabra gallega “anduriña”: pequeña e incansable andadora alada. Esto han sido los gallegos, asturianos, cántabros, vascos, navarros, aragoneses, catalanes, valencianos, extremeños, leoneses, castellanos, madrileños, andaluces, murcianos, riojanos, manchegos, mallorquines y canarios: anduriñas proyectadas a los confines de la Rosa de los Vientos.
Rodrigo de Quiroga López de Ulloa y Camba nació el 12 de febrero de 1512, en la pequeña aldea de Seteventos, tierras de Chantada, Lugo, y murió el 25 de febrero de 1580, en Santiago del Nuevo Extremo. Tuiriz de Seteventos está situada a doce kilómetros de distancia de Santa María de Vilaquinte, aldea donde nació Francisco, mi padre, el 12 de febrero de 1912, exactamente cuatrocientos años después que aquel adelantado que iba a ser Gobernador de la Capitanía General de Chile en dos oportunidades.
Alonso de Góngora y Marmolejo, uno de los primeros historiadores y cronistas de Chile, le describe así: “Era hombre de buena estatura, moreno de rostro, la barba negra, cariaguileño, nobilísimo de condición, muy generoso, amigo en extremo grado de pobres, y así Dios le ayudaba en lo que hacía: su casa era hospital y mesón de todos los que la querían”
En el relato que compongo, urdiendo aquellas peripecias seculares hermanadas en la emigración común: una, la originaria, hija de la aventura epopéyica de la Conquista; otra, la postrera, testigo del convulsionado siglo XX, obra de la necesidad vital, recojo las voces de Rodrigo y de Francisco y procuro unirlas en una historia trazada en dos épocas, al parecer remotas, pero cercanas en la vastedad del acontecer humano.
Recojo aquí, como hilo temporal que cruza los siglos, la metáfora de la golondrina. Sabrás por qué, amigo lector..
EL ADELANTADO DEL NOROESTE
(Años de escritura testimonial: 1575-1579)
La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y las tierras tan fermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. [...]
Cristóbal Colón
Mi señor padre, don Hernando Camba de Quiroga, aceptó, aun con dolor, mi decisión de partir, pues sus negocios menguaban y el riguroso invierno de mil quinientos treinta y cuatro volvió a diezmar, por tercera vez consecutiva, la modesta hacienda. Don Gonzalo Álvarez de Osorio, noble protector de nuestra familia, había decidido terminar con su manufactura de sedas, en la que mi madre trabajaba como maestra de operarias, pues una rara peste acabó con las plantaciones de moreras... Galicia parecía un reino en decadencia y sus hijos comenzaban a buscar en lejanas tierras del Nuevo Mundo la aventura, el pan y la esperanza.
Mi madre no dijo nada cuando se enteró de mi inminente éxodo. La vi entrar en el llar y la sentí moverse, como presagio sonoro, entre las cazuelas y potes de su cotidiano quehacer. Era ese su refugio ante la zozobra. Quedaría en casa acompañada por mi hermana Elena, mientras ésta permaneciese soltera, y por mi padre, aunque éste pasaba la mayor parte del tiempo fuera de la aldea, sirviendo los negocios de la casa de Lemos, en la villa de Monforte. Álvaro, mi hermano mayor, había ingresado como regular de claustro en el monasterio de Tuy. Sería para ella una especie de doble muerte: la partida de su predilecto, viaje que intuyó sin retorno, y la irremediable ausencia del futuro clérigo.
Tres días duró el viaje entre Tuiriz y Baiona. La lluvia constante dificultaba el paso de las cabalgaduras y los carros. Me sentía ansioso y a la vez apesadumbrado. Nunca había visto el paisaje como en aquellas jornadas. Procuraba guardar en mí todos los detalles para llevarlos conmigo, como nostálgico tesoro, a esos extraños reinos de los que apenas teníamos noticia. Esas visiones de mi país natal jamás me han abandonado; al contrario, con el correr de los años tórnanse más nítidas. A veces creo poder superponerlas al entorno de este reino salvaje del fin de la tierra, donde escribo en mi senectud, pero ni sus colores ni su armonía ni sus aromas, menos aún sus dulces líneas humanizadas, pueden devolverme algo de los perdidos ámbitos. Aquí el hombre se confunde en la arrebatadora desmesura y parece una hoja extraviada en la tormenta.
Veo en mis sueños el bello rostro de doña Beatriz, la esposa de Don Gonzalo, a quien serví como paje de cámara, diciéndome adiós junto a la balaustrada del pazo[2] de Monforte de Lemos. Sus ojos se clavan en mí con expresión de firme ternura, como queriendo manifestar adhesión y cariño. Me alarga una cadena de plata con un pequeño crucifijo tallado por los plateros de Compostela, que llevo conmigo, que acaricio en momentos de extremo temor o cuando elevo en silencio mis súplicas a Dios Todopoderoso. Otro obsequio suyo es un pequeño barco, de un palmo de eslora, réplica exacta de la nave capitana del Gran Almirante Cristóbal Colombo, la Santa María, que antes se llamó La Gallega. Yo solía hacerla navegar, a velas desplegadas, en el regato que corría al fondo de nuestra casa paterna y que desembocaba en el pequeño río Búbal. Un día naufragó, al chocar contra unas piedras en los bajos del pequeño torrente. Logré rescatarla y reparar sus jarcias y velámenes, pero tuve miedo, intuí un presagio de malas navegaciones y desastres. No me fue posible cargar con mi pequeña nave de las primeras aventuras infantiles. Suelo soñar con ella. La veo desde una ribera imprecisa y distingo sobre la cubierta el rostro de mi padre y su mano derecha, entre un ademán de bendición y de reproche fantasmal.
La figura de mi madre surge a menudo, pero no soy capaz de reproducir en la memoria sus rasgos, como si un oscuro temor me la velara; tal vez sea porque aquella última visión suya fue de tan desoladora tristeza. Sólo salieron de su boca entrecortados sollozos, mientras me abrazaba en convulso desgarramiento.
Pienso ahora que ella estuvo contenta en los días previos, antes de conocer mi periplo de extrañamiento. Y es que aparecieron las golondrinas cruzadas, aquellas que llevan en su diminuta frente el signo de la cruz. Se sabe que llegan cada siete o diez años, siendo portadoras de buenos vaticinios para las cosechas. Es vieja creencia aldeana que nuestra Santa Madre Iglesia acepta como una de tantas misteriosas y posibles señales de Dios Todopoderoso para alivio de los humanos pesares, especialmente entre los simples de espíritu.
Baiona era un hervidero de hombres que pugnaban por embarcarse en aquella expedición que iba con destino previo al reino de Venezuela, y arribo final al Perú, compuesta por siete naos que llevaban quinientos hombres. Desde allí, en larguísimas jornadas que cruzarían un territorio de más de quinientas leguas, llegaríamos al Perú, al reino de las maravillas, donde el oro refulgía en los palacios y empedraba las calles con macizos adoquines, según se contaba. Pero la idea de aquel fasto remoto no tuvo comparación con el asombro que sentí al enfrentarme, por vez primera, al inmenso mar proceloso, aquel océano donde aún temeríamos, después de los viajes del Almirante Colombo, extraviarnos en los abismos donde pululaban monstruos y endriagos descomunales.
Sentí en mi hombro la pesada mano de mi padre. Sus ojos parecían fijarse más allá de la vaga línea del horizonte, como si me atravesaran, para ofrecerme en sacrificio a los veleidosos hados del porvenir. Me atrajo hacia sí estrechándome en largo abrazo; creo que nunca antes lo había hecho y en el estremecimiento de la abrupta caricia sentí que sollozaba por dentro, como yo ahora, quebrado por una emoción superior al ánimo...
Recuerdo a marineros que no cabían en sí de dichosos, como si acabaran de ganar un pasaje al Paraíso. Muchos tripulantes ostentaban parecido optimismo y el embarque bullía como si fuesen las fiestas de Mayo o el alborotado carnaval del Antroido.
Trepé a cubierta cuando los marineros desataban los últimos cabos. El contramaestre me indicó con un gruñido mi lugar bajo la primera cubierta, junto al bauprés. En estrecha y alargada cámara colgaban dos hileras de veinte hamacas[3] cada una; era el sitio de los más jóvenes. Las literas fijas habían sido sustituidas por aquel adminículo de reposo cuyo empleo en nuestra flota juzgara providencial el Almirante, para superar el atroz bamboleo de meses de navegación.
En el aire diáfano de la mañana vi como se alejaba el puerto de mis ojos. Escuché gritos y risas de los tripulantes. Un grupo de mujeres agitaba blancos pañuelos en el muelle. En la emoción del instante pensé que aquella imagen, como de angustiadas palomas abaneando[4] sus alas de lienzo, iba a ser por muchos años el símbolo de nuestro Reino de Galicia, quizá su bandera, cruzada por una estela de mar azul, desplegándose sin pausa por la rosa de los vientos.
En Perú serví bajo el mando de Francisco Pizarro. Aquellos avatares están consignados en crónicas y actas de cabildo que los escribanos prepararon. En las postrimerías del año de gracia de 1539 emprendimos rumbo a mi destino final: Chile, el llamado Último Reino, a donde todos rehusaban aventurarse, luego del desastre de la hueste de Almagro.
De la lejana aldea de Ollantay, en el Alto Perú, me traje a Malinga, compañera inca, madre de mi pequeña Isabel, aunque moriría en Cuzco, bajo atroces dolores de parto. Ella pertenecía al pueblo de los chunchos, belicosa tribu que pacificamos después de arduas batallas.
Mientras descendíamos desde la abrupta morada de los dioses quechuas y de los templos de piedra que tocan el cielo, un viento frío parecía frenar las agotadas cabalgaduras. Se acercaba el otoño y recordé una bella expresión inca: “es la época en que empalidece el Señor del Maíz”. Era cierto, la luz del sol volvíase más blanca y el aire, fino como un cuchillo toledano, parecía doler en el pecho, detrás de la coraza y del jubón, aún más adentro de la carne, en los resquicios del alma.
Pensé: ¿Cómo será ese reino remoto llamado Chile, hacia donde partiremos con el Capitán Valdivia? ¿Qué dioses extraños tendrán esos nativos, tan feroces, según cuentan los sobrevivientes de Almagro? ¿Será cierto que allí está el verdadero non plus ultra, el acabamiento de este mundo que juzgábamos sin término? ¿Se guardarán allí los tesoros “do arco da vella”[5], las incalculables riquezas escondidas en aquellos resplandores que coronan las eternas nieves?
El día doce de febrero de mil quinientos cuarenta y uno fue levantada el acta de fundación de Santiago del Nuevo Extremo, o de Nueva Extremadura (Don Pedro recurría a los nombres como única ancla segura de la memoria)... El terreno fue dividido en cuadrados de ciento cincuenta varas por cada lado y separados entre sí por calles de doce varas de anchor. Cada uno de aquellos cuadriláteros fue dividido en cuatro solares de igual tamaño, que nos fueron distribuidos según rango y jerarquía. El cuadrado del centro se reservó para la Plaza de Armas, y dos de sus costados, el del norte y el del oeste, para las casas del Gobernador y para la Iglesia y sus dignatarios.
Pero los primeros años aquí fueron muy distintos; todo era privaciones y hambre y penurias, y nos conformábamos con un puñado de granos al día, algunas frutas silvestres hechas de pura acedía, y agua del mezquino río Mapocho, que venía muy fresca y clara. Y somos pues, los hombres, raros y curiosos en el empleo de la memoria, muy dados a llenar de adornos los recuerdos gratos y omitir aquello que nos hirió o nos ofendió en el pasado.
No obstante, digo y afirmo –parodiando a mi señor Capitán en su carta al Emperador Carlos V- que este reino es buenísimo para vivir y asentarse y medrar por muchas generaciones. Hemos amado y amamos esta tierra de Chile, que se nos mete en el alma con el extraño encanto de los confines, y creo que si estuviese en mi amada Galicia echaría en falta con mucha melancolía nuestra ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, donde dejo mis trabajos y empeños y el dulce vino de mis amores...
Si yo fuera poeta describiría con gracia, en elaborados versos, los crepúsculos de Santiago del Último Reino, que pueden sin desmedro compararse con aquellos tan loados de nuestra remota Santiago de Compostela, cuando en los lentos ocasos otoñales parece que se encienden las cúpulas de la Catedral con la pátina del sol reverberando en el oro de sus musgos adheridos a la piedra sagrada. No hay aquí monumentos semejantes, porque estos promaucaes[6] son gente primitiva que vive en estado nómade, pero el paisaje nos ofrece una grandiosidad estremecedora, una vastedad de espacios que sobrepasa las humanas ansias y nos remite al genio colosal que pintó el universo en los primeros días de la creación, con toda la gama de luces y colores.
Don Pedro no puede seguir viviendo amancebado con doña Inés de Suárez, pues todos sabemos que el Adelantado extremeño casó en España, con doña Marina Ortiz de Gaete, dama que desistió acompañarle al Nuevo Mundo, quedando en la Península al cuidado de sus dos hijas. El propio virrey, don Pedro de la Gasca, obispo que es y alto dignatario del Santo Oficio, le ha notificado su resolución inapelable: no podrá siquiera ver en la intimidad a doña Inés. Peor aún, el Capitán ha vuelto, a comienzos de 1549, de su forzado viaje al Virreinato, acompañado de dos mujeres españolas de avanzada edad, que vivirán en su casa para el servicio doméstico, y de un clérigo que, a todas luces, viene como veedor y oidor del Tribunal..
Don Pedro me ha pedido que yo case con la susodicha doña Inés, para terminar así con la ponzoña de la maledicencia y el veneno de la inquina, que acabarán por hundir su menoscabada reputación, hurtándole para siempre el favor real y privándole de lo que más quiere en el mundo: la Gobernación vitalicia del Reino de Chile.
Heme pues, aquí, ante la disyuntiva de un matrimonio forzoso o la pérdida del favoritismo que parece tenerme el señor Gobernador. ¿Qué pensará de esto doña Inés? ¿Qué sentirá esta mujer altiva y vigorosa, toda carácter y coraje, dueña de intimidante belleza? Podría yo decir, sin pecar de presuntuoso, que he sorprendido sus ojos escrutándome, que he adivinado ciertos gestos, leves insinuaciones, quizá, en sus ademanes amables, como si tras aquella cortesía se escondiese una intención no develada... Y si casare con ella, ¿seguirá Don Pedro demandando sus favores?, ¿o renunciará a doña Inés por siempre, como me lo ha dicho sin ambages?
Todas estas cosas y aún otras se me vienen a la cabeza en mis largas duermevelas del Nuevo Extremo. Con el objeto de aventarlas del mal consejo nocturno, busco en los resquicios de la memoria mis remotas remembranzas, aquellas que nacieron al otro lado del mar, para alivio de los pesares y bálsamo de mi atribulada conciencia.
Tuiriz, la pequeña aldea al sur de Lugo, entre las villas de Chantada y Monforte, surge en medio de las nieblas del pretérito, cerniendo los recuerdos más gratos... Antes de ser paje de doña Beatriz de Castro, condesa de Lemos, fui pegoreiro[7], pastor de cabras en los montes que lindan con Ourense. Mi padre creía en el rigor como fundamento de toda buena crianza. Así, hube de hacer mis primeras experiencias en aquel oficio que nuestra Santa Madre Iglesia ha puesto como paradigma del propio Jesucristo, pastor de todos los hombres, sean del Antiguo o del Nuevo Mundo, que hemos venido a evangelizar como lo hicieran los primeros apóstoles, como obrara nuestro señor Santiago en las benditas tierras de Hispania...
He aquí, pues, el recuerdo que hago de algunas voces cuyas palabras guarda mi memoria, no para acrecentar el prurito de mi vanidad, sino con el fin de ofrecer al Creador de todas las cosas mis trabajos y penurias, mis placeres y alegrías, mis obras y omisiones, como devota oración de la hora postrera, estando ya sumido en definitivas dolencias, casi tullido por las fiebres reumáticas que, de tres años a esta parte, me dejan apenas el consuelo de la pluma sobre el papel. Será, al fin, el telar de los sueños compartidos en este reino, salvaje y amado, que recibirá el tributo de nuestra piel y nuestros huesos hechos polvo en la indescifrable memoria del universo.
A mis pesares debo sumar ahora el más grande y doloroso de todos. Ha muerto mi doña Inés, compañera de amores, sueños y aventuras en este reino, esposa mía durante treinta largos años que hoy siento como un suspiro; tan leves y gratos me fueran en su dulce y honrosa compañía... No tuvimos hijos propios, aunque Inés adoptó a la pequeña Isabel como a hija de sus entrañas… Ella me aguarda para que juntos coronemos el camino postrero.
Habrá un libro que cuente mis campañas militares y desgrane sus combates en una especie de torrente de sucesos, como si de la mayor trascendencia fuese narrar los avatares de la sangre y el acero, el estruendo de la pólvora aleve, el hedor de la carroña sobre los cuerpos ultrajados por la muerte, ojos que miran el fulgor del último paisaje tras el grito exangüe del guerrero.
Qué puedo yo decir de esas batallas; qué contar más allá de la crónica impuesta según códigos al uso. Pero están los nombres, me digo, las palabras que develan lugares y comarcas como feliz oráculo hurtado a las sombras; los nombres, Señor, como tú me los regalaste: llenos de lluvia, ornados de musgos y maderas, estremecidos de aromas y murmullos, para fundar un mundo nuevo, más allá de la prosodia impuesta por el fuego ancilar de otras verbas que dejaron aquí sus raras semillas de asombro perdurable. Esos nombres, van y vienen, como nosotros, golondrinas sin tiempo.
UN GALLEGO DEL SIGLO XX
(Años de escritura testimonial: 1975-1998)
Si o mar tivera varandas,
fórate ver ao Brasil;
mais o mar non ten varandas,
amor meu, ¿por dond’hei d’ir?
Rosalía de Castro
Vine a Buenos Aires en 1925, cuando la dictadura de Miguel Primo de Rivera... Mi padre había perdido su puesto de trabajo en el Ayuntamiento de Chantada, por sus ideas republicanas y su conocida militancia… Él decía que el exilio y el hambre son primos hermanos.
Yo tenía doce años al embarcarme con mis padres y mis seis hermanos, en aquel frío diciembre de 1924, hacia la aventura incierta y esperanzadora de América. Dejamos la casa en el villorrio de A Touza, aldea de Santa María de Vilaquinte, al extremo sur de Lugo, cercana a la ribera del Búbal, río dulce y claro, frontera sin aduanas para los paisanos que van y vienen por la agraria Ourense... No hubo tiempo para despedirse de la morada donde nací, ni de aquellos montes rumorosos donde aprendí el lenguaje de los pájaros y los secretos del agua, expresados en la lengua que bebí en la leche de mi madre, Elena.
Yo no había visto el mar sino en láminas de revistas, en fotografías de periódicos que mi padre leía, en la ilustración amarillenta de un calendario que colgaba a un costado de la lareira[8]. Aquel mar de Coruña me pareció gris y amenazante, como si yo fuera a perderme en las fauces vagarosas de la neblina que reptaba hacia desconocido horizonte. Entonces fue la vez primera que lancé el ancla hacia la profundidad de mis recuerdos… Isabel, la moza de ojos verdes que vivía en Meixón Frío, dos años mayor que yo, con la que me había prometido para siempre, ignorando el abuso de lenguaje que lleva consigo aquel adverbio absoluto que el tiempo y el olvido disgregan… Isabel me bautizó como “mi pegoreiro”, que en gallego significa pastor de ovejas o de cabras montesinas, y es que a ella le conté el suceso, que me vino a la memoria sobre la cubierta del barco. Tenía yo siete años y me llevaba al monte las veinte ovejas de la familia, al clarear el alba, y debía regresar con ellas antes del ocaso. Una tarde de mayo, gris y neblinosa, me entretuve buscando un escornaboi, o “cuernos de buey”, como se denomina al más grande de los escarabajos de España. No logré atrapar ninguno, pero demasiado tarde me percaté que las primeras sombras del crepúsculo se apoderaban de la niebla como preludio de noche inminente. Reuní mis ovejas y apuré el paso. En una quebrada se despeñó uno de los dos corderos del hato. Luché por rescatarlo, pero la profunda hondonada y los matorrales me lo impidieron. Había que regresar a casa antes de perder otra oveja. Mi padre me dio varios azotes sobre las piernas desnudas, mientras mi madre callaba la pena del castigo y el rencor de la pérdida, lamentable para la modesta hacienda. Desde entonces, cualquier dolor o frustración que pude infligir a alguien, tuvo el rostro desolado de la angustia femenina, la cara de mi madre, con su negra pañoleta… (Ahora que estoy viejo, cuando alguien me pregunta, aquí en Chile, ¿cuál ha sido su primer oficio?, respondo sin vacilar: “pegoreiro”).
Hubo otro recuerdo que persistió en mi memoria, que aún hoy vuelve en mis sueños, a menudo expresado en metáforas de simbología onírica. Es un juguete, el único que recibí en mi infancia. El tío cura, hermano de mi padre, volvió de un encuentro sacerdotal en Madrid, allá por 1920. Trajo regalos para todos; el mío fue una locomotora de latón, negra y dorada, con su airosa chimenea y sus grandes ruedas plateadas. Olía a pintura y a metal, una mezcla de aromas que a veces percibo en situaciones casuales y que me retrotrae a esos días felices en que jugaba con ella en los rincones de la casa, después de mis deberes de pequeño estudiante y pastor. Construí una estación para guardarla, hecha con maderas de desecho y la bauticé “Estación La Touza”, con letras hechas mediante un trozo de carboncillo.
El día de nuestra partida, me di maña para introducirla en mi maleta de cartón, pero mi madre no permitió que la llevara; había cosas y utensilios más necesarios que aquel remedo infantil de máquina a vapor. La dejé en manos de mi amigo Maduro: -“Cúidala – le dije, volveré pronto por ella”. Los trenes fueron para mí, desde entonces, el medio mágico y misterioso de todos los viajes. En los años 50’ de este siglo, compré en Santiago de Chile, para mis hijos ya crecidos, una locomotora eléctrica con sus carros, rieles, señales y estaciones en miniatura. Fue el juguete llegado a destiempo, sin el júbilo del primer asombro. (En 1981, cuando tuve ocasión de volver a Galicia como visitante ocasional, me encontré con Maduro y le inquirí por aquel juguete de antaño. Me miró con extrañeza, respondiéndome que no recordaba aquella anécdota, para él trivial).
El viaje a Sudamérica me parece hoy un sueño remoto, con ribetes de pesadilla. Creo que mi memoria se aferra en esos espacios del tiempo a la misericordia del olvido. Después de larguísima y dura travesía, la enorme ciudad del Plata pareció tragarnos en el pasmo de sus fauces de acero y cemento. Buenos Aires era la desmesura abigarrada de la tierra… - Hay que vivirlo, les he dicho muchas veces a mis ocho hijos- para saber lo que eso significa en el alma de un niño desterronado de súbito, como carvallo joven que se arranca del limo originario.
Vivimos nueve años en Buenos Aires. Mi padre tenía un hermano que poseía un almacén de menestras en el barrio de Chacarita. Allí nos instalamos, en una vieja casa de tres pisos… Recuerdo los cálidos y húmedos veranos del Plata, las noches en el jardín, mientras nos mojábamos, mis hermanos y yo, para apaciguar la canícula. También las visitas a la biblioteca del Centro Gallego, en Belgrano, en busca de libros que volvieran a conectarme con la pequeña patria atlántica.
Completé mis estudios en la secundaria. Mi padre me instó a estudiar Contabilidad y Comercio. Me hice contable, a mi pesar, porque hubiese querido estudiar la carrera de letras, pero había que decidirse por un oficio práctico y de buenas expectativas. He trabajado toda mi vida en los números, pero ellos no me han sido propicios ni concretaron sus extraños guarismos en cifras de fortuna personal.
En 1933, nuestro hermano mayor consiguió un promisorio empleo como gerente de una compañía de turismo en Chile. Partimos todos, en abril de ese año, al que sería nuestro último destino. En Argentina se hablaba del “país trasandino” como de un derrotero pobre, muy lejano a la opulencia europeizada de la gran Buenos Aires.
Tres años más tarde, cuando se iniciaba nuestra guerra incivil, conocería a la mujer que iba a ser mi esposa, con la que he cumplido ahora mismo sesenta años de matrimonio. Nos casamos en octubre de 1938, cuando la República Española perdía, irremediablemente, la contienda. El 3 de agosto de 1939, nueve días antes de que naciera mi primer hijo, Antonio, arribó al puerto de Valparaíso el vapor Winnipeg, con su preciosa carga de dos mil trescientos exiliados españoles. Con un grupo de amigos republicanos y chilenos demócratas, fuimos a recibirles. Estaría demás adjetivar aquí aquellas emociones.
El tiempo se precipita como una cachoeira[9] incontrolable. Trabajé durante veinticinco años como contable en una empresa franco-chilena. No medré como esperaba; el dinero se escurría entre mis manos, consumido por las crecientes necesidades de una familia numerosa, y por mi propia imprevisión. Renuncié a mi puesto y emprendí un negocio de ferretería que se vislumbraba auspicioso. A los cinco años conocí la desesperación corrosiva de la quiebra. Estuve al borde de una decisión extrema, pero logramos salir a flote, aunque heridos por la irremediable huella del naufragio económico, que nuestra sociedad no perdona (tampoco la propia tribu), a menos que alcances, mediante un golpe de fortuna, la escurridiza lotería del bienestar. Supe de la falacia de aquel sueño de prosperidad que se pregona como nimbo dorado del emigrante español en América, y que sólo toca a unos pocos elegidos de la diosa fortuna.
Como a casi todos los varones españoles asentados en América, me aficioné a la caza y a la pesca. De hecho, mi padre cazaba en los campos de Quiroga y en los Ancares. Aquello entristecía a mi madre, porque él se ausentaba a veces por una semana completa. Yo escuché rumores de los vecinos de que tendría alguna otra querencia fuera de casa, y parece que era lamentablemente cierto.
Ahora me pregunto de dónde vendrá nuestro amor por la escopeta, nuestra afición a las armas de fuego. Según Hemingway, tiene que ver con esa proclividad a desafiar la muerte, que él asocia con lo que llama “el ser español”, identificándolo con la pasión por la tauromaquia, aun cuando soslaya que en España hay una enorme diversidad cultural y de visiones y sentires del mundo y que “lo español” aún no ha sido dilucidado… El tío cura –lo recuerdo bien- opinaba que el gallego y el asturiano, en general, no se sienten atraídos por el toreo; que más bien lo repudian, sin entender cómo se puede zaherir y matar impunemente a un animal tan beneficioso para la economía familiar, para esa facenda que constituye el principal patrimonio en nuestro mundo campesino.
He tenido en Chile pocos amigos españoles. Más bien me he relacionado con los parientes de mi mujer, gentes de la provincia agrícola, huasos[10], como les llaman aquí, entusiastas de la caza y de la pesca, amantes del caballo y sus destrezas… Con ellos he disfrutado largas cacerías y excursiones a la montaña, asados y condumios, fiestas familiares, partidas de naipes hasta la madrugada… ¿Y los españoles de Chile? Bueno, salvo contadas excepciones y algunos viejos amigos de la colectividad gallega, siento que los hispanos de este país, en especial aquellos que han accedido a posiciones económicas de privilegio, se aferran a un pasado que ya superamos –felizmente- y les cuesta entender la nueva realidad española, inserta en una Europa pujante, como la vaticinaron Ortega y Gasset y otros ilustres intelectuales de las generaciones del 98 y del 27, muchos de cuyos hijos de ambos exilios, el económico y el ideológico, trajeron a Chile la luz y la semilla de la razón…
Nunca se apagará mi amor por la España libertaria y republicana. En este sentido, creo que nuestro patrimonio histórico y cultural tiene su base en las palabras, como lo dice y canta Pablo Neruda: “¡Qué gran idioma el mío!, ¡qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos!... Todo se lo llevaron y nos dejaron todo: nos dejaron las palabras, como piedrecitas resplandecientes: el idioma.” La más universal de las lenguas peninsulares es, sin duda, el castellano, que hoy lleva el genérico nombre de español, pero están las otras: la mía de la infancia, el rumoroso gallego, padre del portugués; el catalán de raíces francas; y el misterioso euskera o vascuense.
El tiempo que yo lograba hurtar a las horas acuciantes de labor contable, lo consumía con agrado en la huerta o en el jardín, acompañado de árboles y plantas, -también de mis queridos canes perdigueros- silenciosos camaradas que esperan sin decirlo tus solícitos cuidados. Algún día mis nietos o biznietos contarán la historia del limonero, mi último amigo-árbol que aún me acompaña. Desde que diera sus primeros frutos, hace quince años, cada invierno agrega siete nuevos limones a su insólita y creciente cosecha. Hoy está como yo, cargado de años y de retoños, despidiéndose de mí en el cabalístico y secreto lenguaje de la cifra siete. (Quizá debí haber jugado al azar de sus múltiplos herméticos, pero ya es tarde para eso).
No todo es dolor y frustración en la ardua memoria de los días. He visto crecer a nuestros hijos y nietos y biznietos en una tierra que ya no me es extraña; ellos se transformaron en mis nuevas raíces existenciales… Disfruto la compañía de estos niños que prolongan nuestros anhelos, con los que camino por el parque de mi vecindad, narrándoles historias antiguas, algunas reales, otras inventadas, todas ellas enhebradas para incitarles al júbilo de comprender. ¿Y qué somos sino palabras hechas historias que alguien cuenta, incansable, desde el corazón del universo?
Escucho la voz pausada y cadenciosa de mi mujer, leyendo en la sobremesa, con perfecta dicción, los libros que llenaron los ámbitos de la Casa –ésos que leíamos cada noche- para sembrar en los vástagos el perdurable amor por la palabra creadora: Cervantes, Quevedo, Rosalía, Machado, Unamuno, Ortega, Lorca, Hernández, Castelao… Mis hijos aprendieron a amar ese genio multifacético de las Españas, que yo recibí de mis progenitores y que traspasé, sin proponérmelo entonces, a estos criollos y mestizos del mítico reino transcontinental donde “no se ponía el sol”… Ellos son chilenos y españoles, hijos de dos patrias, en un sentido de acervo y herencia culturales; también de apegos y de nostalgias.
Recuerdo unos breves cursos de Filosofía contemporánea, impartidos por don José Ortega y Gasset en Buenos Aires, a los que asistí, con mis hermanos Manuel y José María; recuerdo, asimismo, aquel Congreso de la Emigración Gallega, en julio de 1956, en Buenos Aires, donde me reencontré con Eduardo Blanco Amor y Ramón Suárez Picallo… No ha sido en vano, pues, este vivir como un náufrago, luchando siempre por mantenernos a flote.
Oigo a uno de mis hijos recitar poemas de Rosalía o de Curros Enríquez, el hijo pródigo y díscolo de Celanova, en nuestra vieja lengua campesina y marinera. Es otro eslabón con la memoria de la tribu. A él encomendé que buscara en La Touza el nido de las golondrinas estrelladas. Me ha dicho que las vio volar, airosas, en el pasado mayo. Aunque se trate de un poeta imaginativo, no dudaré aquí de su testimonio, que se corresponde con los versos de Curros:
¿Quen ollou dende a súa gaiola
atravesar á anduriña
i célere ata o ceo
o seu vóo remontar,
que non envexou isas áas
á ave peregrina,
para, no semellante anceio,
tan célere voar?
(¿Quién vio desde su cárcel
cruzar la golondrina
y rápida hasta el cielo
su vuelo remontar,
que no envidió esas alas
al ave peregrina,
para, en igual anhelo,
tan rápido volar?)
Se me hizo hábito estar la mayor parte del tiempo de pie, como quien parece aguardar el inminente regreso, la vuelta milagrosa y definitiva a los eidos[11]de la infancia, costumbre que apenas han menguado los achaques de la vejez, aunque ahora siento cómo el cuerpo busca ya el lecho de la tierra, después de haber tenido menos reposo que el alma, o lo que nos resta de ella, escindidos entre dos mundos, entre dos amores, entre dos nostalgias irremediables. Este doble destierro asume secretos símbolos en cada uno de nosotros, islas que somos en el archipiélago interminable de la diáspora.
Esposa chilena de raíces castellanas tuve. Engendramos ocho hijos, treinta y seis nietos y cuarenta biznietos… ¿Quién podría dudar hoy de mi triunfo y de mi riqueza?
[1] Pasamento: En gallego, tránsito a la otra vida.
[2] Pazo: casa solariega.
[3] Hamaca: palabra indígena que designa el cómodo adminículo colgante hecho de cuerdas trenzadas.
[4] Abanear: abanicar, agitar, en gallego.
[5] Arco da vella: expresión que designa en Galicia al arco iris. La leyenda cuenta que en el extremo más lejano del arco hay una anciana que cuida una olla de oro
[6] Promaucaes: Primer nombre que dieron los españoles a los mapuches; luego les llamarían “araucanos”, denominación que generaliza Alonso de Ercilla en el primer poema épico de América, “La Araucana”.
[7] Pegoreiro: En Galicia, pastor de pequeñas manadas de ganado menor.
[8] Lareira: habitación del fuego; lugar de la cocina y del yantar.
[9] Cachoeira: en gallego, cascada, caída de agua.
[10] Huaso: palabra de origen quechua, que significa “hombre a caballo”. En Chile se llama “huaso”, por antonomasia, al hombre de campo, sobre todo al propietario de tierra agrícola que vive en el medio rural.
[11] Eidos: en gallego, campos familiares de la infancia.
EN MICROBÚS
Leías “Cien Años de Soledad”; absorta, viajando por las palabras… Sentí leve presión de tu rodilla sobre mi muslo. Te miré, sorprendido. Lees cuando Úrsula dice a José Arcadio: “nos ha nacido un hijo, aquí nos quedamos”, y él responde: “sólo un muerto nos podría ligar a la tierra”, Úrsula retruca: “si es preciso, muero para quedarnos aquí”... Pienso en las raíces de los muertos… otra vez tu rodilla... Simulo mirar la calle, vehículos vertiginosos, La Moneda blanca, como palacio moro… Hermosa tú, en el microbús atestado de esperanzas. Grandes ojos negros, pequeñas palomas tus manos… No estás concentrada; a García Márquez hay que aprehenderlo para comprender lo que imaginó decir… Ahora, la página del hielo: Melquíades ofrece la magia de aquel prodigio maravilloso; José Arcadio pone su mano encima del trozo helado: “grandioso, el mayor invento de los tiempos”... Entonces, quiero decirte que vivo cien años de soledad... Cuando pasemos Estación Central, con su desmedrado estilo Eiffel, hablaré: “eso te piden leer en la universidad”. Pero la frase no brota, tragándome inútiles divagaciones…
Calle General Velázquez… El Padre Hurtado sonríe, pala en ristre… No te hablé; tengo que bajar… Lo de siempre, penoso, porque se mezcló con mis sueños literarios; con García Márquez, a quien estuve a punto de escribir a París, cuando predicaba la revolución latinoamericana… Ganó el Nobel, regaló dólares al Partido (para la causa)… Arrojé la carta al inodoro, aunque debí habérsela enviado. Cuando lo conté a mis amigos del bar, me respondieron: “Para ser libre, en esta sociedad, es necesario disponer de mucho dinero”.
Me lanzo sobrecorriendo... Miro tu rostro, mientras el microbús se aleja... Sonríes: “tonto, no atreverse… ¿será tímido?...” Pienso en la estupidez de los sueños y en la cara satisfecha de García Márquez, arrellanado en su trono de París.
EL MISTERIO HA MUERTO. ¡VIVA EL MISTERIO!
¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño?
¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño?
Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,
tan tristes ya, que ninguna maravilla pueden presagiar,
Troya se nos fue con destello fúnebre y violento
y murieron los hijos de Usna.
Desfilamos, y desfila con nosotros el mundo atareado
entre las almas de los hombres, que se despiden y ceden su puesto
como las pálidas aguas en su glacial carrera;
bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos,
sigue viviendo este rostro solitario.
Inclinaos, arcángeles, en vuestra sombría morada:
Antes de que existierais y antes de que ningún corazón latiera,
rendida y amable permanecía junto a su trono;
la belleza hizo que el mundo fuera una senda de hierba
para que Ella posara sus pies errantes.
No escuchéis a Yeats, ni a ningún poeta, avisados lectores: Ya no existe el misterio; todo ha sido cosa de mitificaciones, sueños, simbolismos absurdos, metáforas sin sentido. Lo que buscaban vuestros antepasados, lo que vosotros mismos indagábais, lo que a nosotros nos ha venido sorbiendo el seso durante generaciones, era una gigantesca patraña, al uso de poetas, curas, filósofos de aldea e idealistas de toda traza.
Científicos contumaces, sujetos de hallazgos recientes e irrefutables -¡hoy recibo el oráculo de Internet!- han descubierto que todo, absolutamente todo lo que pensáis y decís y lucubráis y soñáis, no es más que un conjunto –más o menos complejo; ¡tampoco exageremos!- de voliciones químicas, procesos celulares, articulaciones físicas -energía mediante- perfectamente determinados. ¿Y la conciencia? Pues, una menesterosa hipótesis que inventaron ilusos y acientíficos que nos precedieron, con toda su rémora de idealismo, fe religiosa, metafísica trasnochada y demás panaceas al gusto del consumidor ignaro...
Resulta que a Ella, a quien venimos dedicando las trovas de Amor y de Amigo, los poemas románticos, y aún la desesperada y honda poesía maldita, sólo la mueve la electricidad binaria molecular y las secreciones hormonales predeterminadas, desde el micro al macrocosmos, cuestión nacida entre laberintos, más o menos húmedos, del cerebelo, que es también una decantación de partículas que coincidieron (nadie sabe cómo, mas no importa, ahí están- para producirlo…) Todo era falso, pues, caballeros cibernéticos sin corcel, desde los lieders de Novalis hasta los boleros cutres y los tangos llorones de las cantinas sudamericanas. De ahora en adelante, si quieres un amor, búscalo en la clínica o en el laboratorio cuántico. Envía tu ADN, tus sudores en frasquito, los orines madrugadores y los alcalinos del crepúsculo, y se te buscará la diosa adecuada para que la lleves a la cama sin remordimientos, sin esperanzas, sin ilusiones de ningún tipo, con su ficha médica, su perfil cromosómico y su carné psiquiátrico al día. Porque lo que suceda después, no será de tu cargo.
¡Válgame Dios! Qué digo, si este dios mismo que nombro es nada más que un vericueto extraviado, desde el terror de las cavernas, entre los lóbulos cerebrales de uno de los hemisferios del seso (o magín, que decía ese otro loco inadvertido de Cervantes), que guarda esa cosa también ilusoria que alguien llamó ‘conciencia’, y su hijo fantasmal, el ‘libre albedrío’. Nadie escoge, nadie elige, nadie discrimina. Una red de causas y condicionantes nos arrastra, en determinación fatal, hacia la muerte, para despertarnos del sueño ilusorio de la individualidad. “Sustancia somos y a la sustancia volveremos”.
Y tu nombre, amada, ¿en qué limbo flotarán las sílabas de tu nombre?
Si tan sólo yacieras muerta y fría...
Si tan sólo yacieras muerta y fría
Y las luces del oeste se apagaran,
Vendrías aquí e inclinarías tu cabeza,
Y yo reposaría la frente sobre tu pecho
Y tú susurrarías palabras de ternura
Perdonándome, pues ya estás muerta:
No te alzarías ni partirías presurosa,
Aunque tengas voluntad de pájaro errante,
Mas tú sabes que tu pelo está prisionero
En torno al sol, la luna y las estrellas;
Quisiera, amada, que yacieras
En la tierra, bajo hojas de bardana,
Mientras las estrellas, una a una, se apagan.
Yo creía en la libertad; creo en la libertad… Por eso elijo escribir este poema, aunque mi escogencia no sea tal, sino el confluir de ríos que no pudieren haber desembocado en otro mar:
LIBERTAD
La libertad es una espada de dos filos;
con el primero,
el que lleva el rastro
del esmeril del fuego,
se determinan los mandobles
de la voluntad;
con el segundo
afilado en la roca fría
se esgrimen los círculos concéntricos
del destino
esa causalidad secreta
que buscaban los alquimistas,
cuyo abismo
enloquece a los jugadores
en el dado, en el naipe, en el amor.
La libertad existe
aunque la espada de cada uno
carezca de nombre determinado,
aún cuando sea
sólo el arma blanca de los compulsivos.
La libertad es humana
porque su filo nos fue dado en la sangre
en la leche,
en el pan, que al partirse sobre la mesa
se hace dos filos
una y otra vez
para siempre.
No corresponde al poeta, ciertamente, “explicar” su poema, porque la poesía no nace con un tema o tópico previo, sino como intuición (fulgor) que obedece a otros condicionantes que los del pensamiento abstracto y/o especulativo. Me atrevo, sí, a ensayar una interpretación:
La ‘espada’ es la potencia del acto; el ‘filo’ que talla el fuego es la voluntad, acicateada por la pasión, el impulso de hacer, de crear, rompiendo los límites que fijan la razón y la costumbre (cultura); es el filo transgresor; el segundo ‘filo’, que asentó la roca, es el conjunto de condicionantes, genéticos, físico-químicos, culturales que determinan nuestros actos, cuya causalidad ignoramos (aun ahora, a pesar de todos los cientificismos de última generación, que han descubierto hasta la “conciencia del burro”).
La libertad existe (al menos para el poeta) y su ejercicio depende del uso de los filos; de si somos o no capaces de esgrimirla según la aseveración de Kazantzakis: “No es el hombre lo que me maravilla, sino el fuego que devora al hombre”.
El libre albedrío es humano. Sólo al hombre le es dado escoger entre los bienes de la naturaleza, representados por la sinécdoque del Pan: trigo, alimento, metáfora, sacrificio, sacramento, don, regalo que se escinde sobre la mesa-humanidad, para repetir la plétora dual de su destino hecho conciencia: determinismo y libertad.
EL BANQUERO ANARQUISTA
FERNANDO PESSOA
Terminábamos de cenar. Frente a mí, como ausente, fumaba mi amigo el banquero, gran comerciante y acaparador insaciable. La conversación, que había ido languideciendo, yacía muerta entre nosotros.
Intenté reanimarla al azar, recurriendo a una idea que acababa de pasar por mi mente. Me volví hacia él, sonriendo:
-Por cierto: el otro día me dijeron que hace años fuiste anarquista...
-Pues sí, lo fui. Y lo soy. No he cambiado al respecto. Soy anarquista.
-¡Vamos! ¡Tú, anarquista! ¿En qué...? A menos que des al término un sentido distinto...
-¿... del corriente? No. No lo doy. Lo empleo en el sentido vulgar.
-¿Quieres decir, entonces, que eres anarquista exactamente en el mismo sentido en que lo son esos tipos de las organizaciones obreras?
¿Que entre tú y los de la bomba y los sindicatos no hay ninguna diferencia?
-Diferencia, lo que se dice diferencia, sí la hay... Evidentemente, hay diferencia. Pero no la que tú crees. De lo que dudas, tal vez, es de que mis teorías sociales sean iguales a las suyas...
-¡Ah, entiendo! En la teoría eres anarquista; en la práctica...
-En la práctica soy tan anarquista como en teoría. Y en la práctica lo soy más, mucho más, que los tipos que has citado. Toda mi vida lo demuestra.
-¿Eh?
-¡Que toda mi vida lo demuestra, hijo! Tú nunca has prestado una atención lúcida a esas cosas. Y te parece que he dicho una burrada, o que ando jugando contigo.
-Mira, no entiendo nada. A no ser..., a no ser que juzgues tu vida como algo disolvente, antisocial, y que por darle el mismo sentido al anarquismo...
-He dicho que no. He dicho que no doy al término anarquismo un sentido diferente del vulgar.
-Bien... Sigo sin entender. Escucha: ¿quieres decir que no hay diferencia entre tu teoría, verdaderamente anarquista, y la práctica de vida? De tu vida de ahora... ¿Quieres hacerme creer que llevas una vida exactamente igual a la de los anarquistas corrientes?
-No, no; no es eso. Quiero decir que entre mi teoría y la práctica de mi vida no hay divergencia alguna; que entre una y otra hay identidad total. Si bien es cierto que no llevo una vida como la de esos tipos de los sindicatos y las bombas, pero no es menos cierto que sus vidas están al margen del anarquismo, al margen de los ideales que profesan.
No la mía. En cuanto a mí sí, en cuanto a mí: banquero, gran comerciante y acaparador, si así lo quieres, en cuanto a mí, la teoría y la práctica del anarquismo forman un conjunto armónico. Me has comparado a los idiotas de los sindicatos y las bombas para señalar que yo soy diferente. Y lo soy, pero la diferencia es ésta: ellos (sí, ellos: no yo) son anarquistas únicamente en teoría, mientras que yo lo soy en la teoría y en la práctica. Ellos son anarquistas y estúpidos; yo, anarquista e inteligente. Así es, amigo: el verdadero anarquista soy yo. Los de los sindicatos y las bombas (también anduve en eso, y lo abandoné justamente gracias a mi verdadero anarquismo) son la basura del anarquismo, las hembras de la gran doctrina libertaria.
-¡Asombroso! ¡Ni al diablo se le ocurre! Pero entonces, ¿cómo concilias tu vida entendámonos: tu vida bancaria y comercial con la teoría anarquista? ¿Cómo la concilias, tú, que dices entender por teoría anarquista exactamente lo que los anarquistas corrientes entienden? Y aseguras, encima, que te diferencias de ellos por ser más anarquista, ¿verdad?
-Precisamente.
-No entiendo nada.
-¿Tienes ganas de entender? Todas las ganas de entender.
Retiró de su boca el cigarro puro, ya apagado; volvió a encenderlo, lentamente; contempló cómo se extinguía el fósforo; lo depositó con suavidad en el cenicero; después, irguiendo la cabeza, que por un momento había inclinado, continuó:
-Escucha: nací del pueblo, nací en la clase obrera urbana. Como puedes suponer, ni la condición ni las circunstancias heredadas eran buenas. Pero ocurrió que poseía una inteligencia naturalmente lúcida y una voluntad bastante poderosa, dones naturales que el nacimiento humilde no me podía privar.
»Fui obrero, trabajé, viví con estrecheces; en suma, era como la mayoría de la gente del medio. No digo que, en términos absolutos, pasara hambre, aunque le anduve cerca. Por lo demás, de haberla pasado no hubiera alterado lo que vino después; o mejor, lo que te voy a contar que vino después: mi vida de entonces y mi vida de ahora.
»Abreviando: como todos, fui un obrero corriente; trabajaba porque tenía que trabajar, aunque lo menos posible. Eso sí, era inteligente. Y cuando podía, leía cosas y las discutía; y, ya que no carecía de criterio, engendré una gran insatisfacción, una gran rebeldía contra mi destino y las condiciones sociales que lo hacían posible. Ya he dicho que, en verdad buena, mi suerte podría haber sido peor; pero en aquel tiempo me consideraba una persona a la que el Destino le hacía todas las injusticias juntas, y que para hacérselas disponía de las convenciones sociales. Esto ocurría allá por mis veinte años veintiuno, como máximo, que es cuando me hice anarquista.
Por un momento hizo silencio. Se volvió hacia mí, inclinándose un poco más, y prosiguió:
-Siempre he sido más bien lúcido. Sentía rebeldía, y quería entender mi rebeldía. Convencido y consciente, me hice anarquista: el mismo anarquista convencido y consciente que soy ahora.
-¿Y tu teoría de hoy es igual a la de entonces?
-Igual. Teoría anarquista, verdadera teoría anarquista hay una sola. Sigo la que he seguido desde que soy anarquista. Verás... Te estaba diciendo que, lúcido como era por naturaleza, me hice anarquista consciente.
Y bien, ¿qué es un anarquista? Un hombre rebelado contra la injusticia de que nazcamos socialmente desiguales en el fondo es sólo eso. De ahí resulta, como se ve, la rebelión contra las convenciones sociales que posibilitan tal desigualdad. Te estoy mostrando ahora el camino psicológico, es decir, cómo se vuelve uno anarquista; ya veremos luego la parte teórica del asunto. Por el momento, intenta comprender bien cuál podía ser la rebeldía de un tipo inteligente en mis circunstancias. Pues, ¿qué es lo que ve en el mundo que le rodea? Al que nace hijo de millonario, protegido desde la cuna frente a los infortunios no pocos que el dinero puede evitar o atenuar; al que nace miserable, siendo una boca más en una familia donde ya sobran las bocas. Al que nace conde o marqués, gozando de la consideración de todos, haga lo que haga; al que, como yo, nace obligado a andar más derecho que el hilo de la plomada si quiere lo traten al menos como a una persona. Unos nacen en condiciones tales que pueden estudiar, viajar, instruirse: convertirse (cabe decirlo así) en más inteligentes que otros que, por un don de la Naturaleza, lo son en mayor grado. Y así sucesivamente, y así en todo...
»Las injusticias de la Naturaleza, pasen; no las podemos evitar. Pero las de la sociedad y sus convenciones, ¿por que no hemos de evitarlas? Admito no tengo, ciertamente, otro remedio que un hombre sea superior a mí por todo lo que la Naturaleza le haya concedido: talento, fuerza, energía. Pero no admito que sea un superior mío por cualidades postizas, que no poseía al salir del vientre de la madre, llegadas por casualidad una vez fuera de ella: riqueza, posición social, facilidades para vivir, etc. De la rebeldía suscitada por dichas consideraciones nació mi anarquismo de entonces el anarquismo que, ya lo he dicho, mantengo inalterable hoy.
Calló de nuevo un momento, como si pensase cómo continuar. Aspiró el humo, y lo espiró lentamente hacia el lado opuesto al mío. Se volvió, y ya estaba a punto de proseguir cuando lo interrumpí:
-Una pregunta, por curiosidad: ¿Por que te hiciste precisamente anarquista? ¿Por qué no socialista, o cualquier otra cosa que, aun siendo de vanguardia, fuera menos radical? Algo que resultara compatible con tu rebeldía. Ya que deduzco de lo dicho que por anarquismo entiendes (lo cual, como definición, está bien) la rebelión contra todas las convenciones y fórmulas sociales, así como el esfuerzo por su abolición total... Así es.
-¿Por qué escogiste esta forma extrema y no te decidiste por cualquiera de las otras... de las intermedias?
-Voy a decírtelo. Medité sobre ellas. Desde luego, tenía conocimiento de todas por los folletos que leía. Si escogí el anarquismo teoría extrema, como muy bien dices fue debido a unas razones que expondré en dos palabras.
Por un instante fijó la mirada en algo inexistente. Después se volvió hacia mí:
-El verdadero mal, el único mal, son las convenciones y las ficciones sociales superpuestas a las realidades naturales; desde la familia al dinero, desde la religión al Estado: todo. Se nace hombre o mujer quiero decir: se nace para ser, ya adulto, hombre o mujer; en buena justicia natural uno no nace ni para ser marido ni para ser rico o pobre, como tampoco nace para católico o protestante, portugués o inglés. Uno es todas esas cosas en virtud de las ficciones sociales. Y las ficciones sociales son malas. Pero, ¿por qué? Porque son ficciones, porque no son naturales. Tan malo es el dinero como el Estado, la organización de la familia como las religiones. Y si en vez de éstas hubiera otras convenciones, serían igualmente nefastas, pues también serían ficciones, también se sobrepondrían y entorpecerían las realidades naturales. Porque cualquier sistema que no sea el anarquista puro, que es el que plantea la abolición de todas las ficciones y la de cada una de ellas por completo, es igualmente una ficción. Emplear todo nuestro deseo, todo nuestro esfuerzo, toda nuestra inteligencia, para implantar, o contribuir a implantar, una ficción social en lugar de otra, es un absurdo, cuando no, incluso, un crimen, porque es producir una perturbación social con el fin manifiesto de dejarlo todo como está. Dado que las ficciones sociales nos parecen injustas por el hecho de aplastar o sojuzgar cuanto es natural en el hombre, ¿para qué dedicar nuestro esfuerzo a sustituir unas ficciones por otras, si podemos dedicarlo a la supresión de todas?
»Esto, creo yo, es terminante. Vamos a suponer que no lo es; supongamos que se nos objeta que será muy verdadero, pero que el sistema anarquista no resulta factible en la práctica. Examinemos esta parte del problema.
»¿Por qué no ha de ser factible el sistema anarquista? Partimos del principio, como todos los hombres de ideas avanzadas, de que no sólo el actual sistema es injusto, sino de que es ventajoso puesto que la justicia existe sustituirlo por otro más justo. De no pensar así no seríamos hombres avanzados: seríamos burgueses. Ahora bien, el criterio de justicia, ¿de dónde proviene? De aquello que es natural y verdadero en oposición a las ficciones sociales y a la mentira de las convenciones. Y, desde luego, es natural lo totalmente natural; no la mitad, o la cuarta u octava parte. Bien. Una de dos: o lo natural es factible socialmente, o no lo es. En otras palabras: o la sociedad puede ser natural o la sociedad es esencialmente ficción y no puede ser natural de ninguna manera. Si la sociedad puede ser natural, entonces resulta posible la sociedad anarquista, o libre; y tiene que ser posible, porque es la sociedad completamente natural. Pero si la sociedad no puede ser natural, si (por cualquier razón que no importa) la sociedad ha de ser necesariamente ficción, entonces del mal, el menor: hagámosla, dentro de su inevitable ficción, lo más natural posible para que sea, por eso mismo, lo más justa posible. Y, ¿cuál es la ficción más natural? Ninguna lo es en sí misma, ya que es ficción; pero para nuestro caso lo será aquella que nos parezca más natural, que sintamos como más natural. ¿Cuál nos parece más natural o sentimos como más natural? Aquella a la que nos encontramos habituados. (Entiéndeme: natural es lo que pertenece al instinto; y lo que se parece en todo al instinto sin pertenecer a él, es el hábito. Fumar no es natural, no es una necesidad del instinto; pero una vez habituados, fumar pasar a ser natural, pasa a ser una necesidad del instinto.) Ahora bien, ¿cuál es la ficción social hecha ya hábito en nosotros? El sistema actual: el sistema burgués. En buena lógica, por lo tanto, o nos parece posible la sociedad natural, y seremos defensores del anarquismo, o no nos parece posible, y seremos defensores del régimen de la burguesía. No hay una hipótesis intermedia. ¿Comprendes?
-Es concluyente.
-Pues todavía no lo es del todo. Aún queda otra objeción del mismo género que hay que eliminar... Podemos acordar con que el sistema anarquista es realizable, pero podemos dudar de que lo sea de golpe y porrazo; como que se puede pasar de la sociedad burguesa a la sociedad libre sin uno o más estados o regímenes intermedios. Quien haga tal objeción acepta el anarquismo como bueno y realizable, aunque intuye que deberá haber algún estado de transición entre la sociedad burguesa y la anarquista.
»Bien. Supongamos que es así. Ese estado intermedio, ¿qué es? El fin propuesto es la sociedad anarquista, o libre; su estado intermedio ha de ser, en consecuencia, un estado de preparación de la humanidad para la sociedad libre. Preparación material o simplemente mental; o una serie de realizaciones materiales y sociales que vayan adaptando la humanidad a la sociedad libre, o la simple propaganda creciente e influyente que de manera gradual la vaya preparando, por la vía mental, para desearla o aceptarla.
»Veamos el primer caso, la adaptación gradual y material de la humanidad a la sociedad libre. Esto, más que imposible, es absurdo: no es posible adaptación material sino a lo que ya hay. Ninguno de nosotros podría adaptarse materialmente al medio social del siglo veintitrés, aunque supiera cómo será ese siglo; no puede hacerlo porque el siglo veintitrés y su medio social no existen todavía materialmente. Se llega así a la conclusión de que en el paso de la sociedad burguesa a la sociedad libre lo único que puede haber de adaptación, evolución o transición, es mental; una gradual adaptación de los espíritus a la idea de sociedad libre... Con todo, en el campo de la adaptación material, nos queda otra hipótesis todavía...
-¡Vaya con tanta hipótesis!
-Escucha, que el hombre lúcido debe examinar todas las objeciones posibles y refutarlas antes de que pueda afirmarse seguro de la doctrina aceptada. Por lo demás, con esta hipótesis respondo a una pregunta que me has hecho.
-Adelante.
-En el campo de la adaptación material, decía, nos queda otra hipótesis. Es la de la dictadura revolucionaria.
-¿Dictadura qué?
-Te he explicado que no cabe adaptación material a algo que, materialmente, no existe todavía. Pero si mediante un movimiento repentino se hace la revolución social, desde ese momento queda implantada no la sociedad libre (pues la humanidad aún no podría estar preparada para ella) sino la dictadura de aquellos que quieren implantar la sociedad libre. Sin embargo, materialmente ya existe algo, aunque sólo esbozado o embrionario, de la sociedad libre; ya existe algo material a lo que la humanidad puede adaptarse. Se trata del argumento con que los brutos que defienden la "dictadura de proletariado" la defenderían en el caso de que fueran capaces de argumentar o pensar. El argumento, claro, no es suyo, es mío. Lo pongo como objeción a mí mismo... Y, como voy a demostrar, es falso.
»Mientras existe; y sea cual fuere el objetivo que persigue o la idea que lo rige, un régimen revolucionario sólo es, materialmente, una cosa: un régimen revolucionario. Y en verdad, régimen revolucionario quiere decir dictadura de guerra o, con palabras más verdaderas, régimen militar despótico, dado que el estado de guerra es impuesto a la sociedad por una de sus partes: la parte que ha asumido revolucionariamente el poder. ¿El resultado? Que los que se adaptan a dicho régimen en tanto a lo que el régimen es materialmente, inmediatamente, se adaptan a un régimen militar despótico. La idea que había guiado a los revolucionarios, el objetivo que perseguían, ha desaparecido por completo de la realidad social, ocupada exclusivamente por el fenómeno de lucha. De modo que lo que produce una dictadura revolucionaria y cuanto más dure la dictadura más completamente lo producirá es una sociedad en lucha de tipo dictatorial; vale decir, un despotismo militar. No puede ser de otro modo. Siempre ha sido así. No sé mucha Historia, pero la que sé coincide, y no podía dejar de coincidir, con eso. ¿Qué trajeron las agitaciones políticas de Roma? El Imperio Romano y su despotismo militar. ¿Qué trajo la Revolución Francesa? Napoleón y su despotismo militar. Y verás lo que trae la Revolución Rusa... Algo que retrasará por decenas de años la realización de la sociedad libre... Por otra parte, qué podíamos esperar de un pueblo de analfabetos y de místicos?
»En fin, esto ya va más allá de lo hablado... ¿Comprendiste mi argumento?
-Perfectamente.
-Entonces comprendes que llegara a la siguiente conclusión: fin, la sociedad anarquista, la sociedad libre; medio, el pasaje sin transición de la sociedad burguesa a la sociedad libre. El pasaje sería preparado y hecho posible mediante una propaganda intensa, completa, absorbente, que predispusiera a todos los espíritus y debilitase todas las resistencias. Quede claro que por "propaganda" no concibo la bella palabra, escrita o hablada, sino todo: la acción indirecta o la directa en cuanto predisponga para la sociedad libre y debilite la resistencia a ella. Y así, no habiendo apenas ninguna resistencia que vencer, la revolución social, cuando llegara, sería rápida, fácil; no tendría que establecer ninguna dictadura revolucionaria porque no habría contra quien aplicarla. Si las cosas no pueden ser así, es que el anarquismo es irrealizable; y si el anarquismo es irrealizable, sólo resulta defendible y justa, como he probado, la sociedad burguesa.
»Aquí tienes por qué y cómo me hice anarquista, y por qué y cómo rechacé, por falsas y antinaturales, otras doctrinas sociales menos audaces.
»Y punto... Continuemos ahora con mi historia.
Hizo estallar un fósforo y pausadamente encendió el puro. Se fue concentrando, y al poco tiempo proseguía:
-Otros chicos sostenían las mismas opiniones que yo. Casi todos obreros, aunque alguno que otro no lo fuera; todos pobres, y, que yo recuerde, no muy estúpidos. Teníamos muchas ganas de instruirnos, de saber cosas, y al tiempo el deseo de propagar, de esparcir nuestras ideas. Queríamos para nosotros y para los demás para la humanidad toda una sociedad nueva, liberada de los prejuicios que hacen artificialmente desiguales a los hombres imponiéndoles inferioridades, padecimientos, estrecheces, que la Naturaleza no les ha impuesto. En cuanto a mí, todo lo que leía confirmaba estas opiniones. Casi todo lo leí en libros libertarios baratos, y ya no eran pocos los que había en ese tiempo. También asistí a conferencias y mítines de los propagandistas del momento. Cada libro, cada discurso, me convencían más acerca de la verdad y justicia de mis ideas. Lo que entonces pensaba lo repito, amigo es lo que pienso hoy; la única diferencia está en que entonces sólo lo pensaba, y hoy lo pienso y lo practico.
-Digamos que sí. Hasta el momento todo va bien. Resulta muy adecuado que te hicieras anarquista por eso, y veo claramente que lo eras. No son necesarias más pruebas. Lo que quisiera saber es cómo surgió de ahí el banquero..., cómo surgió sin contradicción...; es decir: supongo que, más o menos...
-No. No supones nada. Ya sé a lo que ibas... Apoyándote en los argumentos que acabas de oír crees que juzgué impracticable el anarquismo y, en consecuencia, como dije también, sólo defendible y justa la sociedad burguesa. ¿Es eso?
-Sí. Supongo que, más o menos...
-Pero, ¿cómo puedes suponerlo, si desde un principio he sostenido y repetido que soy anarquista; que no sólo lo fui, sino que sigo siéndolo? De haberme hecho banquero y comerciante por la razón que crees, no sería anarquista: sería burgués.
-Es verdad. Pero, ¿cómo diablos...? Vamos, dime.
-He señalado que yo era (lo he sido siempre) bastante lúcido, además de hombre de acción. Son cualidades naturales; no me las pusieron en la cuna (si es que tuve cuna), sino que llegué con ellas a la cuna. Bien. Por mi propia condición de anarquista se me hacía insoportable ser apenas un anarquista pasivo, ser anarquista sólo para ir a escuchar discursos y comentárselos a los amigos. ¡Necesitaba hacer cosas! ¡Necesitaba luchar y trabajar por los oprimidos, las víctimas de las convenciones sociales! Decidí arrimar el hombro a la tarea como pudiera. Me puse a pensar en la manera de ser útil a la causa libertaria. Empecé a trazar un plan de acción.
»El anarquista, ¿qué quiere? La libertad libertad para sí mismo y para los demás: libertad para la humanidad entera. Quiere liberarse de la influencia o la presión de las ficciones sociales; quiere ser libre tal como lo era al venir al mundo, que es lo justo; y quiere esa libertad para él y para todos. No todos son iguales ante la Naturaleza: unos nacen altos y otros bajos; unos fuertes y otros débiles; unos más inteligentes que otros. Pero a partir de ahí todos pueden ser iguales; el único impedimento son las ficciones sociales. Las ficciones sociales, he aquí lo que debíamos destruir.
»He aquí lo que debíamos destruir... No ignoré una cosa: debíamos destruirlas en aras de la libertad, y teniendo siempre presente la creación de la sociedad libre. Porque eso de destruir las ficciones sociales tanto puede redundar en la creación de libertad, o preparar su camino, como en establecer otras ficciones sociales, igualmente malas por tratarse también de ficciones. En esto teníamos que andar con cuidado. Teníamos que descubrir un procedimiento de acción, cualquiera fuese su no violencia o su violencia (puesto que frente a las injusticias sociales todo resulta legítimo), que contribuyese a destruir las ficciones sociales sin que, al mismo tiempo, se dificultara la creación de la libertad futura; teníamos que crear, como fuese, de inmediato, algo de la libertad futura.
»Claro que la libertad que debíamos tratar cuidadosamente de no obstaculizar es la libertad futura; pero también la libertad presente de los oprimidos por las ficciones sociales, Tampoco se trataba de que procurásemos no obstaculizar la "libertad" de los poderosos, de los bien situados, de cuantos representan a las ficciones sociales y gozan de sus ventajas. Esa no es la libertad; es libertad para tiranizar, o sea, lo opuesto a la libertad. A esa libertad, por el contrario, debíamos dificultarla y combatirla. Parece claro.
-Clarísimo. Sigue.
-El anarquista, ¿para quién quiere la libertad? Para todos. ¿Cuál es la forma de obtener la libertad para todos? Destruyendo por completo todas las ficciones sociales. ¿Cómo se puede destruir por completo todas las ficciones sociales? La explicación la adelanté cuando, debido a una pregunta, cuestioné los otros sistemas avanzados y expuse el cómo y el por qué de mi anarquismo. ¿Recuerdas mi conclusión? .
-La recuerdo.
-...Una revolución social repentina, brusca, aplastante, que hiciera pasar a la sociedad, de un salto, desde un régimen burgués a una sociedad libre. Revolución social preparada por un trabajo intenso y constante, mediante la acción directa e indirecta que predispusiera todos los espíritus para la llegada de la sociedad libre, que disminuyese toda resistencia de la burguesía a un estado comatoso. Inútil repetir las razones inevitablemente conducentes a esta conclusión desde dentro del anarquismo. Ya las he expuesto y las has entendido.
-Sí.
-Esta revolución debería ser preferentemente mundial, simultánea en todas partes, o en las partes más importantes del mundo; de no ser así debería irradiar rápidamente de unas partes a otras y, en todo caso, ser en cada parte, es decir, en cada nación, fulminante y completa.
»Bien. Yo, ¿qué podía hacer para este objetivo? Solo no podía hacer la revolución mundial, ni siquiera la revolución completa en la parte del mundo que habitaba. Pero podía ir trabajando con todas mis fuerzas para preparar esa revolución. He explicado cómo: combatiendo las ficciones sociales por todos los medios a mi alcance; no dificultando jamás, en la lucha o la propaganda de la sociedad libre, la libertad futura y la libertad presente de los oprimidos; creando desde ahora, en lo posible, algo de esa libertad.
Aspiró humo; hizo una breve pausa; reanudó:
-Fue aquí, amigo, donde puse mi lucidez en acción. Trabajar para el futuro, está bien, pensé; trabajar para que los demás gocen de la libertad, es bueno y justo. Pero, a todo esto, ¿y yo? ¿No era nadie? De haber sido cristiano hubiera trabajado alegremente por el futuro de los otros, ya que así obtendría una recompensa en el cielo; aunque también es cierto que, de haber sido cristiano, no hubiera sido anarquista, dado que para el cristiano las desigualdades de esta breve vida carecen de importancia: constituyen sólo una prueba que será retribuida en la vida eterna. Y yo, que no era ni soy cristiano, me preguntaba: en esta historia, ¿por quién me voy yo a sacrificar? O mejor: ¿ por qué me voy a sacrificar yo?
»Atravesé momentos de incredulidad, que como comprenderás estaban justificados... Soy materialista, pensaba; no tengo más vida que ésta; ¿para qué desazonarme con desigualdades sociales, propagandas y otras historias, cuando puedo gozar y divertirme mucho más si no me preocupo de todo eso? Para quien no posee más que esta vida y no cree en la vida eterna, ni admite otra ley que la de la Naturaleza, y se opone al Estado porque no es natural, al matrimonio porque no es natural, al dinero porque no es natural, a todas las ficciones sociales porque no son naturales, ¿por qué regla de tres simple va a defender el altruismo y el sacrificio por los demás, por la humanidad, si tampoco altruismo y sacrificio son naturales? Porque la misma lógica que me demuestra que un hombre no nace para casarse o para ser portugués, ni para ser rico o pobre, me demuestra que tampoco nace para ser solidario, que sólo nace para ser él mismo, y por tanto lo contrario de un altruista y un solidario, y por tanto exclusivamente egoísta.
»Debatí conmigo mismo la cuestión. Fíjate tú, me decía, que nacemos pertenecientes a la especie humana, que tenemos el deber de ser solidarios con todos los hombres. Pero la idea del "deber", ¿sería natural? ¿De dónde procedía la idea del "deber"? Si la idea del deber obligaba a sacrificar mi bienestar, mi comodidad, mi instinto de conservación y otros instintos naturales míos, ¿en qué divergía la acción de esta idea de la acción de cualquiera de las ficciones sociales que produce en nosotros un efecto idéntico?
»La idea del deber, de la solidaridad humana, sólo cabía considerarla natural si conllevaba una compensación egoísta, ya que entonces, aun contrariando en principio el egoísmo natural, no lo contrariaba, a fin de cuentas, ya que proporcionaba cierta compensación. Sacrificar un placer, sacrificarlo pura y simplemente, no es natural; pero sacrificar un placer por otro placer ya está dentro de la Naturaleza; significa, y eso está bien, elegir una cosa natural entre dos cosas naturales que no pueden obtenerse juntas. En cuanto a mí, ¿qué compensación egoísta, o natural, podía proporcionarme la entrega a la causa de la sociedad libre y la futura felicidad humana? Unicamente la conciencia del deber cumplido, del esfuerzo hecho por lograr un fin bueno; y ninguno de los dos constituye una compensación egoísta, un placer en sí, sino un placer – de serlo nacido de una ficción, como en el caso del placer de ser inmensamente rico o de haber nacido gozando de buena posición social.
»Te confieso, amigo, que llegué a momentos de incredulidad... Me sentía desleal, traidor a la doctrina... Pero me sobrepuse a todo eso. La idea de justicia la tenía aquí, dentro de mí, pensé. La sentía natural. Sentía la existencia de un deber superior a la exclusiva preocupación por mi destino. Seguí adelante en mis propósitos.
-Pues no me parece que tal decisión revelara gran lucidez de tu parte... No habías resuelto la dificultad. Seguiste adelante por un impulso absolutamente sentimental.
-Sin duda. Pero lo que te estoy contando ahora es la historia de cómo me hice anarquista y continúo siéndolo. Prosigo. Voy presentando lealmente las dudas y dificultades que tuve, y cómo las vencí. Concedo que entonces le gané de mano al escollo lógico, no con el raciocinio sino con el sentimiento. Pero verás que más tarde, al llegar a la plena comprensión de la doctrina anarquista, ese escollo, hasta aquel momento lógicamente sin respuesta, halló completa, absoluta solución.
-Curioso.
-Sí... Permíteme que continúe con mi historia. Atravesé ese escollo y lo resolví, aunque mal, como te he dicho. Inmediatamente después, y en la línea de mis pensamientos, surgió otra dificultad que también me embrolló bastante.
»Bien estaba digamos que podía pasar la disposición al sacrificio sin ninguna recompensa estrictamente personal, es decir, verdaderamente natural. Pero supongamos que la sociedad futura no iba a desembocar en lo esperado, que la sociedad libre era inalcanzable; en tal caso, ¿a qué diablos me estaba yo sacrificando? Podía tolerar eso de sacrificarse por una idea sin obtener recompensa personal, pero sacrificarse sin tener, al menos, la certeza de que aquello por lo que trabajaba llegaría a existir algún día, trabajar sin que mi esfuerzo resultara provechoso para la idea, eso ya resultaba más duro... Anticipo que resolví la nueva dificultad mediante el mismo procedimiento sentimental de antes, pero te advierto también que, de igual modo que la otra vez, logré resolverla lógica, automáticamente, al alcanzar el estado de anarquismo plenamente consciente... Ya verás... En cuanto al momento al que me refiero, salí del apuro con alguna que otra frase huera: "Cumplo mi deber para con el futuro; que el futuro cumpla el suyo para conmigo", y cosas por el estilo.
»Expuse mi condición, o mejor, conclusiones, a los camaradas, y todos concordaron conmigo; todos concordaron en que era preciso seguir adelante y hacerlo todo por la sociedad libre. Hay que admitir que algunos, los más inteligentes, se desanimaron un poco con mi exposición; y no por desacuerdo, sino porque nunca habían percibido las cosas tan claras, ni tampoco las aristas que hay en ellas... Pero al fin todos asintieron. ¡Trabajaríamos por la gran revolución social, por la sociedad libre, nos justificara o no el futuro! Formamos un grupo de gente segura y emprendimos la propaganda en grande en grande, por supuesto, dentro de los límites de lo que cabía hacer. Durante bastante tiempo estuvimos laborando por el ideal anarquista en medio de dificultades, líos y hasta persecuciones, a veces.
Llegado aquí, el banquero hizo una pausa algo más prolongada. No encendió el puro, de nuevo apagado. De pronto sonrió levemente, y con aire de quien ha llegado al punto importante de la cuestión me miró con mayor insistencia mientras proseguía, clarificando más la voz y acentuando más las palabras:
-Fue entonces cuando surgió algo nuevo. "Entonces" es un modo de expresarme. Quiero decir: al cabo de unos meses de propaganda empecé a observar una nueva complicación, la más seria de todas, la complicación de veras seria...
»Recuerdas, ¿no es así?, lo que por riguroso razonamiento había dejado asentado que debía constituir el procedimiento de acción de los anarquistas... Un procedimiento (o procedimientos) que contribuyese a la destrucción de las ficciones sociales sin que entorpeciera, al mismo tiempo, la creación de la libertad futura; por tanto, sin entorpecer en nada la escasa libertad de los actualmente oprimidos por las ficciones sociales. Un procedimiento que además fuera generando, en lo posible, algo de la futura libertad...
»Una vez atendido este criterio, jamás dejé de tenerlo presente... Pero, mientras actuaba en la labor de propaganda de que te he hablado, descubrí algo. En el grupo de los propagandistas no muchos: unos cuarenta, si mal no recuerdo sucedía lo siguiente: se creaba tiranía.
-¿Tiranía? Tiranía, ¿cómo?
-Así: ejercían mando unos sobre otros, dirigiéndolos a su voluntad. Unos se imponían a otros, y los arrastraban, mediante picardías y artimañas, hacia donde ellos querían. No digo que lo hicieran en cosas graves; pero el hecho es que sucedía a diario, y no sólo en asuntos relativos a la propaganda, sino al margen, en las cosas comunes del vivir. Unos marchaban insensiblemente hacia la jefatura; otros, también insensiblemente, hacia la subordinación. Unos eran jefes por imposición, otros por habilidad. Podía verse en el hecho más simple. Por ejemplo: dos de nuestros muchachos caminaban juntos calle abajo; al final, uno tenía que dirigirse a la derecha y otro a la izquierda, pues a cada cual le convenía ir por su lado. Pero el que debí marcharse por la izquierda le decía al acompañante: "Ven por aquí", a lo que el que debía desviarse a la derecha contestaba, con razón: "No puedo, tengo que ir por allá". Y por fin, contra su voluntad y conveniencia, seguía al amigo por el camino de la izquierda. La primera vez cedía a la persuasión, la siguiente a la simple insistencia, más tarde a cualquier motivo...; es decir, nunca a la razón lógica. Tanto en la imposición como en la subordinación siempre había algo, digamos, espontáneo, instintivo... E igual que en este ejemplo tan simple sucedía en los casos de menor o de mayor importancia... ¿Te das cuenta?
-Me doy cuenta. Pero, ¿qué tiene de raro? Es lo más natural...
-Ya iremos a ello. Lo que pido que tomes en cuenta es que el hecho responde exactamente a lo opuesto de la doctrina anarquista. Fíjate bien: esto ocurría en un grupo reducido, carente de influencia e importancia, un grupo que no tenía en sus manos la solución de ninguna cuestión de peso ni la decisión sobre asunto alguno de relevancia. Date cuenta que sucedía en un grupo de gente unida específicamente para hacer todo lo posible por la anarquía, es decir, para combatir las ficciones sociales, y para crear las bases de la libertad futura. ¿Te fijas bien en estos dos puntos?
-Sí.
-Ahora fíjate bien en lo que eso significa. Un reducido grupo formado por gente sincera (te aseguro que era sincera), unido, establecido expresamente para trabajar por la causa de la libertad, pasados pocos meses había conseguido una sola cosa positiva y concreta: la creación de tiranía en su interior. Y observa qué tiranía. No era la derivada de la acción de las ficciones sociales, la cual, si bien lamentable, podía resultar hasta cierto punto comprensible; aunque menos comprensible entre quienes combatíamos esas ficciones que entre otras personas. Pero, en fin, vivimos en medio de una sociedad basada en las ficciones y no somos del todo culpables cuando no podemos sustraernos a su acción. Sin embargo, no se trataba de eso. Quienes ejercían mando sobre los demás y los conducían hacia donde querían no lo hacían por la fuerza del dinero, de la posición social o de cualquier autoridad de naturaleza ficticia que se atribuyeran; lo hacían por una acción de cierta especie situada fuera de las ficciones sociales. Más aún: una tiranía ejercida entre sí por personas cuyo objetivo sincero no era otro que el de destruir tiranía y crear libertad.
»Traslada ahora el caso a un grupo mucho mayor, mucho más influyente, dedicado a problemas importantes y decisiones de carácter fundamental. Considera a ese grupo encaminando sus esfuerzos, como los encaminaba el nuestro, hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora dime si a través de tal acumulación de tiranías entrelazadas puede vislumbrarse alguna sociedad futura parecida a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma.
-Efectivamente, es muy curioso.
-Curioso, ¿verdad? Pues hay aspectos secundarios muy curiosos también... Por ejemplo: la tiranía del auxilio.
-¿De qué?
-Del auxilio. Entre nosotros había algunos que en vez de mandar, de imponerse, colaboraban en lo que podían. Esto parece lo contrario de lo otro, ¿no? ¡Pues es lo mismo! Era la misma tiranía, renovada. Era el mismo modo de ir contra los principios anarquistas.
-¡No me digas! ¿Por qué en contra?
-Auxiliar a alguien, amigo mío, es considerarlo incapaz; y si no lo es, es suponerlo o convertirlo en tal. En el primer caso se trata de desprecio, y en el segundo de tiranía. De todas maneras, o bien se cercena la libertad ajena, o bien se parte del principio, cuando menos inconscientemente, de que ese sujeto es despreciable e indigno o incapaz de libertad.
»Volvamos a lo nuestro... Es evidente que este aspecto de la cuestión era gravísimo. Podíamos aceptar trabajar por la sociedad futura sin esperar su agradecimiento, o incluso con el riesgo de que nunca llegásemos a lograrla. Vaya y pase. Pero era inaceptable que al trabajar por un futuro de libertad, como hecho positivo no engendráramos más que tiranía; y no sólo tiranía, sino tiranía nueva, ejercida por nosotros, los oprimidos, unos sobre otros. No podía ser.
»Me puse a meditar. Había un error, alguna desviación. Nuestros propósitos eran buenos; las doctrinas parecían verdaderas; ¿acaso estarían equivocados los procedimientos? ¿Pero dónde diablos estaba, entonces, el error? Casi me volví loco pensando en ello. Un día, de pronto, que es como siempre ocurren estas cosas, encontré la solución. Aquel día, el día en que descubrí, por así decirlo, la técnica del anarquismo, fue el gran día de mis teorías anarquistas.
Me miró, sin mirarme, por un instante. Y después siguió en el mismo tono:
-Pensé: he aquí una tiranía nueva, una tiranía que no procede de las ficciones sociales. Entonces, ¿de dónde proviene? ¿Derivará de cualidades naturales? Si así fuese, ¡adiós sociedad libre! Si esta sociedad en la que están operando únicamente las cualidades naturales del hombre aquellas que nacen con él, que dependen exclusivamente de la Naturaleza y sobre las cuales no dispone de poder alguno, si esta sociedad en la que están operando tan sólo dichas cualidades es un montón de tiranías, ¿quién va a mover un dedo para contribuir a establecerlas? Tiranía por tiranía, que siga la que hay; al menos estamos habituados a ella, y fatalmente la sentimos en menor medida que una tiranía nueva, que poseería el terrible carácter de todas las cosas tiránicas que nos vienen directamente de la Naturaleza frente a las cuales no cabe rebelión posible, como no cabe la revolución contra la muerte, o contra la condición de bajos si lo que deseamos es ser altos. Por otra parte, ya demostré antes que, si por alguna razón no resultaba posible la sociedad anarquista, debía seguir existiendo la sociedad burguesa, por ser más natural que cualquier otra salvo la sociedad anarquista.
»Pero, en realidad, la nueva tiranía nacida entre nosotros, ¿era consecuencia de cualidades naturales? Y las cualidades naturales, ¿qué son? Son el grado de inteligencia, imaginación, voluntad, etc., con el que viene al mundo cada cual; esto en lo relativo al campo mental, por supuesto, porque las cualidades naturales físicas no vienen al caso. Ahora bien; un tipo que ejerce mando sobre los demás por motivos no provenientes de las ficciones sociales, manda necesariamente por su superioridad en cuanto a una u otra de las cualidades naturales. Domina mediante el ejercicio de sus cualidades naturales, y queda una cosa por ver: el empleo de las cualidades naturales, ¿es legítimo? Vale decir: ¿es natural?
»Veamos. ¿Cuándo se emplean naturalmente nuestras cualidades naturales? Cuando sirven a los fines naturales de nuestra personalidad. Y dominar a alguien, ¿es un fin natural de nuestra personalidad? Puede serlo; hay un caso en que puede serlo: cuando, respecto a nosotros, ese alguien se halla en situación de enemigo. Para el anarquista, quien se halla en situación de enemigo es, desde luego, cualquiera de los representantes de las ficciones sociales y de su tiranía; nadie más, porque los otros hombres son hombres como él, camaradas naturales suyos. Como verás, el caso de tiranía surgida entre nosotros no era éste; la tiranía surgida en el grupo se ejercía sobre hombres como nosotros, camaradas naturales, y, lo que es más, sobre hombres doblemente camaradas, ya que lo eran también por comulgar en el mismo ideal. Conclusión: nuestra tiranía no derivaba de las ficciones sociales ni tampoco procedía de las cualidades naturales; venía de una aplicación errada, de una perversión, de las cualidades naturales. Y la perversión, ¿de dónde provenía?
»Una de dos: o dimanaba por ser el hombre naturalmente malo, y por tanto de que todas las cualidades naturales fueran naturalmente perversas, o de una perversión resultante de la prolongada permanencia de la humanidad en la atmósfera de las ficciones sociales, creadoras todas ellas de tiranía y propensas, en consecuencia, a convertir en instintivamente tiránico el uso más natural de las cualidades más naturales. De estas hipótesis, ¿cuál podía ser la verdadera? Era imposible determinarlo de un modo satisfactorio, es decir, rigurosamente lógico o científico. Mediante el raciocinio no podemos entrar en el problema, que es de orden histórico o científico y depende del conocimiento de hechos. Tampoco la ciencia nos ayuda; por mucho que retrocedamos en la Historia, siempre encontramos al hombre viviendo bajo algún sistema de tiranía social, y por tanto en un estado que impide averiguar cómo sería en circunstancias pura y enteramente naturales. Ante la imposibilidad de determinarlo con certeza, debemos inclinarnos hacia el lado de la probabilidad mayor, y la probabilidad mayor nos la depara la segunda hipótesis. Es más natural suponer que la prolongadísima persistencia de la humanidad dentro de las ficciones sociales generadoras de tiranía ha hecho que cada hombre nazca ya con sus cualidades naturales pervertidas, en el sentido de ejercer espontáneamente la tiranía incluso de parte de quienes no quisieran tiranizar, que aceptar que las cualidades naturales pueden ser naturalmente perversas, lo cual representa, de algún modo, una contradicción. Por eso, quien piensa se decide, como yo me decidí con seguridad casi absoluta, por la segunda hipótesis.
»Tenemos, así, algo evidente. Por bien intencionado y preocupado por combatir solamente las ficciones sociales y trabajar por la libertad, en el actual estado social no es posible que un grupo de hombres se dedique a la tarea en común sin crear entre sí, espontáneamente, tiranía, sin crear entre sí tiranía nueva, suplementaria de la tiranía de las ficciones sociales, sin destruir en la práctica todo cuanto quieren en teoría, sin dificultar involuntariamente el fin mismo que quisieran promover. ¿Qué hacer? Muy simple... Trabajar todos para el mismo fin, pero separados.
-¿Separados?
-Sí. ¿No has seguido mi argumento?
-Lo he seguido.
-¿Y no te parece lógica, no te parece fatal, esa conclusión?
-Lo parece, lo parece... Pero no acabo de ver...
-Iré esclareciendo. Dije: trabajar todos para el mismo fin, aunque separados. Al trabajar todos para el mismo fin anarquista, cada uno contribuye con su esfuerzo para la abolición de las ficciones sociales, que es hacia donde lo dirige, y para crear la sociedad libre del futuro. Y trabajando separados no podemos generar tiranía nueva de ninguna manera, pues no ejercemos ninguna acción sobre los otros y, por consiguiente, ni aun dominándolos podemos empequeñecer su libertad, ni auxiliándolos borrarla.
»Trabajando de esta manera, por separado, pero para el mismo fin anarquista, tenemos dos ventajas: el esfuerzo conjunto y la no creación de tiranía nueva. Continuamos unidos, por estarlo moralmente y trabajar de igual modo para el mismo fin; continuamos siendo anarquistas porque cada cual trabaja por la sociedad libre; pero dejamos de ser voluntarios p involuntarios traidores a nuestra causa, dejamos incluso de poder serlo porque nos colocamos, gracias al trabajo anarquista aislado, al margen de la influencia deletérea de las ficciones sociales en su reflejo hereditario sobre las cualidades otorgadas por la Naturaleza.
»Claro está que esta táctica se aplica a lo que he llamado período preparatorio de la revolución social. Abatidas las defensas burguesas y la sociedad entera reducida al estado de aceptación de las doctrinas anarquistas, pendiente ya tan sólo la revolución social, para asestar el golpe final no puede mantenerse la acción aislada. Pero para entonces habrá llegado virtualmente la sociedad libre, y las cosas serán de otro modo. La táctica a que me refiero sólo afecta a la acción anarquista en plena sociedad burguesa, como en el caso del grupo al que pertenecía.
»Teníamos con esto ¡al fin! el verdadero procedimiento de acción anarquista. Reunidos nada valíamos que importara, y encima nos tiranizábamos, obstaculizándonos unos a otros y dificultando nuestras teorías. Separados tampoco lograríamos mucho, pero al menos no opondríamos dificultades a la libertad, no crearíamos tiranía nueva; lo que fuésemos a conseguir, aunque resultara poco, lo alcanzaríamos sin desventaja ni pérdida. Y se agrega que trabajando separados aprenderíamos a confiar más en nosotros mismos, a no arrimarnos los unos a los otros, a hacernos más libres desde ahora, a preparar el futuro con nuestro ejemplo tanto en nuestra persona como en la de los demás.
»Radiante con el descubrimiento, fui a exponérselo en seguida a los camaradas... Es de las pocas veces en mi vida en que he sido necio. Imagínate: estaba tan ufano del descubrimiento que esperaba contar con su acuerdo...
-No estuvieron de acuerdo, por supuesto.
-Lo objetaron, amigo, lo objetaron todos. Unos más, otros menos, ¡todos protestaban! ¡Que no era eso! ¡Que eso no podía ser! Pero nadie decía qué es lo que era o qué es lo que debía ser... Argumenté y argumenté, y en respuesta no obtuve más que frases, basura, cosas como esas que responden los ministros en las cámaras cuando no tienen una respuesta... Entonces vi con qué clase de brutos y cobardes andaba yo metido. Se desenmascararon. Aquello era un manojo de indeseables nacidos para la esclavitud. Querían ser anarquistas a costa de los demás. Querían conseguir la libertad, pero siempre y cuando se la proporcionaran otros, siempre y cuando se la diesen como un título otorgado por el rey. ¡Qué grandes lacayos, casi todos!
-¿Y te enojaste?
-¿Qué si me enojé...? ¡Enfurecí! ¡Me subí a la parra! A lo bestia.
Casi me pegué con dos o tres. Y por fin me marché. Quedé aislado. No puedes imaginar el asco que me producía semejante rebaño de borregos. Estuve a punto de perder mis creencias anarquistas; estuve a punto a desinteresarme de todo aquello. Pero pasaron unos días y me recobré. Pensé que el ideal anarquista estaba por encima de aversiones o incompatibilidades. ¿No querían ser anarquistas? ¡Lo sería yo! ¿Querían jugar a los libertarios? ¡Yo no jugaría ese juego! ¿Sus fuerzas sólo les permitían luchar arrimados los unos a los otros, creando entre ellos un nuevo simulacro de esa tiranía que, según declaraban, querían combatir? Pues que lo hicieran, los idiotas, si no servían para otra cosa. Yo no sería burgués por tan poco.
»El verdadero anarquismo establece que cada uno tiene que crear libertad y combatir las ficciones sociales con sus propias fuerzas. Pues yo, con mis propias fuerzas, iba a crear libertad y combatir las ficciones sociales. ¿Nadie quería acompañarme en el verdadero camino de la anarquía? Avanzaría yo solo con mis recursos, con mi fe, perdido incluso el apoyo logístico de quienes habían sido camaradas contra las ficciones sociales en su totalidad. No digo que se tratara de un gesto hermoso y heroico. Fue, sencillamente, un gesto natural. Cada cual tenía que hacer el camino por separado, y yo no necesitaba a nadie para proseguir. Me bastaba el ideal. Apoyándome en estos principios y dadas tales circunstancias, decidí combatir las ficciones sociales por mí mismo.
Suspendió momentáneamente el discurso, que se había vuelto cálido y fluido. Cuando lo recomenzó su voz era ya más sosegada:
-Estoy en estado de guerra, pensé, con las ficciones sociales. Muy bien. ¿Qué puedo hacer contra las ficciones sociales? Trabajar en solitario, con el fin de no crear ninguna forma de tiranía. ¿Cómo colaborar, solitario, en la preparación de la revolución social, en la preparación de la humanidad para la sociedad libre? Optando por uno de los dos procedimientos existentes, en el caso, claro está, de que no me fuera posible servirme de ambos. Uno era la acción indirecta, o sea, la propaganda, y el otro la acción directa de cualquier tipo.
»Primero pensé en la acción indirecta, en la propaganda. Yo solo, ¿qué propaganda podía hacer? Además de las conversaciones que siempre se pueden tener con éste o con aquél al azar, aprovechando todas las oportunidades, lo que quería saber era si la acción indirecta constituía una vía por la que pudiera encaminar enérgicamente mi actividad anarquista; encaminarla de manera que produjese resultados sensibles. En seguida noté que no podía ser. No soy orador ni escritor. Quiero decir: soy capaz de hablar en público si es necesario, como soy capaz de escribir un artículo para el periódico; pero lo que quería averiguar era si mi índole apuntaba a que, especializándome en la acción indirecta mediante cualquiera de esas actividades, o de ambas a la vez, podría obtener resultados más positivos para el ideal anarquista que especializando mis esfuerzos en el otro sentido. Ahora bien, la acción resulta siempre más efectiva que la propaganda, salvo si ésta es realizada por un individuo cuyas dotes lo sitúen esencialmente como propagandista: un gran orador, capaz de electrizar y arrastrar multitudes, o un gran escritor, capaz de fascinar y convencer con el libro. No me considero muy vanidoso, pero de serlo no llego hasta el punto de envanecerme de aquellas cualidades de las que carezco. Repito que nunca me he creído orador o escritor. Por eso abandoné la idea de la acción indirecta como forma de encauzar mi actividad anarquista. Por exclusión estaba obligado a optar por la acción directa, o esfuerzo aplicado a la práctica de la vida, a la vida real. No mediante la inteligencia, sino por la acción. Así lo haría.
»Debía aplicar a la vida práctica el procedimiento fundamental de la acción anarquista, claro para mí: luchar contra las ficciones sociales sin generar nueva tiranía; creando desde ahora, en lo posible, algo de la libertad futura. Pero una cosa así, ¿cómo diablos llevarla a la práctica?
»En la práctica, ¿qué cosa es combatir? Combatir, en la práctica, es la guerra; una guerra, al menos. ¿Cómo se hace la guerra a las ficciones sociales? Ante todo, ¿cómo se hace una guerra? Y en cualquier guerra, ¿cómo se vence al enemigo? De dos maneras: o matándolo, es decir, destruyéndolo, o aprisionándolo, es decir, sometiéndolo, reduciéndolo a la inactividad. Destruir las ficciones sociales no estaba en mi mano; destruir las ficciones sociales sólo podía lograrlo la revolución social. Hasta la llegada de la revolución, las ficciones sociales podrían conmocionarse, tambalear, mantenerse pendientes de un hilo, pero sólo la destruiría la llegada de la sociedad libre y el hundimiento, de hecha, de la sociedad burguesa. En este aspecto, lo máximo que yo podía hacer era destruir en el sentido físico de matar alguno que otro miembro de las clases representativas de la burguesía; estudié el caso y vi que se trataba de una tontería. Supón que mataba a uno, dos o una decena de representantes de la tiranía de las ficciones sociales. ¿Con qué resultado? ¿Iban a quedar más debilitadas las ficciones sociales? No. Las ficciones sociales no son lo mismo que una situación política, la cual, a veces, depende de un reducido número de hombres, e inclusive un solo hombre. Lo malo de las ficciones sociales son las ficciones sociales en su conjunto, no los individuos que las representan por el simple hecho de representarlas... Por lo demás, un atentado de tipo social produce siempre reacción; no sólo todo queda igual, sino que la mayoría de las veces empeora. Encima, supón que me atraparan después del atentado, como es natural que ocurriese; ya atrapado, me liquidarían de una u otra manera. Admitamos que, por mi parte, hubiese liquidado a una docena de capitalistas. Esto, al fin y al cabo, ¿a qué hubiera conducido? Al liquidarme aunque sin matarme: por encarcelamiento o deportación la causa anarquista perdería un elemento de combate; pero los doce capitalistas enterrados no representaban doce elementos perdidos por la sociedad burguesa; porque los componentes de la sociedad burguesa no son elementos de combate, sino puramente pasivos: el "combate" se da con el conjunto de las ficciones sociales en que se fundamenta dicha sociedad, no en los miembros de la burguesía. Y las ficciones sociales no son personas a las que podamos pegarles un tiro... ¿Entiendes? Mi caso no era el del soldado de un ejército que mata a doce soldados del ejército enemigo; estaba en el caso del soldado que mata a doce civiles del país enemigo. Lo cual es matar estúpidamente, pues no se elimina a ningún combatiente... Por lo tanto no podía pensar en destruir las ficciones sociales ni en el todo ni en alguna de sus partes. Sólo me quedaba el sojuzgarlas; vencerlas sojuzgándolas, reduciéndolas a la inactividad.
De pronto apuntó hacia mí el índice de su mano derecha:
-¡Es lo que hice!
Replegó el dedo de inmediato, y continuó:
-Intenté ver cuál era la primera, la más importante, de las ficciones sociales. A ninguna como ésa cabría sojuzgar, reduciéndola a la inactividad. La ficción social más importante, en nuestra época por lo menos, es el dinero. ¿Cómo sojuzgar el dinero? O, con mayor precisión: ¿cómo sojuzgar la fuerza y tiranía del dinero? Liberándome de su influencia, de su fuerza, que es superior a su influencia, reduciéndolo a la inactividad en lo que a mí respecta. En lo que a mí respecta, ¿entiendes?, por ser yo quien lo combatía; reducirlo a la inactividad por lo que respecta a todos no habría sido sojuzgarlo, sino destruirlo, ya que supondría haber suprimido la ficción dinero; y he probado antes que cualquier ficción social no puede ser destruida más que por la revolución social, al arrastrarla, junto a todas las demás, en el hundimiento de la sociedad burguesa.
»¿Cómo podía superar en mí la fuerza del dinero? El procedimiento más sencillo hubiera sido alejarme de la esfera de su influencia, apartarme de la civilización: irme al campo a comer raíces, beber agua de los manantiales, andar desnudo y vivir como un animal. Pero todo eso, aunque lograse vencer la dificultad de hacerlo, no hubiera sido combatir una ficción social: no era siquiera combatir, sino huir. Cierto es que quien rehuye el combate no es derrotado en el campo de batalla; pierde sin haberse batido. El procedimiento debía ser otro; tenía que ser un procedimiento de combate y no de fuga. ¿Cómo sojuzgar al dinero luchando con él? ¿Cómo sustraerme a su influencia y tiranía sin eludir el encuentro? Procedimiento no había más que uno: adquirirlo, adquirirlo en cantidad suficiente para no sentir su influencia; y en cuanta mayor cantidad lo adquiriese, tanto más libre me hallaría de sentirla. Fue al ver así las cosas, al verlas claramente con toda la intensidad de mi convicción anarquista y toda la lógica de un hombre inteligente, cuando entré en la fase actual la comercial y bancaria, amigo mío de mi anarquismo.
Se repuso un momento de la virulencia, nuevamente creciente, de su entusiasmo por lo que iba narrando. Después continuó, aún con cierto calor, su exposición:
-¿Recuerdas aquellas dos dificultades lógicas que habían surgido en los comienzos de mi trayectoria de anarquista consciente? ¿Recuerdas que afirmé haberlas resuelto entonces por medio del sentimiento y no de la lógica? Tú mismo observaste, con acierto, que no las había resuelto por medio de la lógica.
-Recuerdo.
-¿Y recuerdas que después te dije que las había resuelto del todo, es decir, por lógica, al encontrar, por fin, el verdadero procedimiento anarquista?
-Sí, sí, recuerdo.
-Pues verás cómo quedaron resueltas... Las dificultades eran éstas: no es natural trabajar por algo, sea lo que sea, sin una compensación natural, es decir, egoísta; y no es natural entregar nuestro esfuerzo para el logro de un fin sin la compensación de saber que dicho fin se alcanzará. Esas eran las dos dificultades. Ahora bien, fíjate en cómo han quedado resueltas según el procedimiento de trabajo anarquista que, con mi razonamiento, llegué a descubrir como el único verdadero. De tal procedimiento ha resultado mi riqueza: tengo la compensación egoísta, en consecuencia. El procedimiento persigue el logro de la libertad: consigo libertad al hacerme superior a la fuerza del dinero, liberándome de esa fuerza. En verdad, sólo obtengo libertad para mí; pero, repito, he probado que la libertad para todos llegará con la destrucción de las ficciones sociales, por la revolución social; y solo, por mi cuenta, no puedo hacer la revolución social. El punto concreto es éste: persigo la libertad, consigo libertad la libertad que puedo, claro, porque no puedo conseguir la que no puedo... Fíjate: aparte del razonamiento que determina que mi procedimiento anarquista es el único verdadero, el hecho de que resuelva automáticamente las dificultades lógicas que cabe oponer a todo procedimiento de acción anarquista redunda en una prueba más de que se trata del único verdadero.
»Es el procedimiento que he seguido. Cargué sobre mis espaldas la empresa de sojuzgar a la ficción dinero, y la llevé a cabo enriqueciéndome. Lo logré. A costa de cierto tiempo, porque la lucha ha sido grande; pero lo logré. Me abstengo de contarte mi vida comercial y bancaria. En determinados aspectos resultaría interesante; pero nos saldríamos del tema. Trabajé, luché, gané dinero; he ganado, en fin, mucho dinero. Sin reparar en los medios confieso, amigo, que sin reparar en los medios y sirviéndome de todo: el acaparamiento, el sofisma financiero, la competencia desleal. ¿Y por qué no? Yo, que combatía las ficciones sociales, inmorales y antinaturales por excelencia, ¿iba a preocuparme por los medios? Yo, que trabajaba por la libertad, ¿iba a preocuparme por las armas con que luchaba contra la tiranía? El anarquista estúpido que pone bombas y pega tiros sabe muy bien que mata, a pesar de que entre sus doctrinas no está incluida la pena de muerte. Ataca una inmoralidad con un crimen: cree que la destrucción de esa inmoralidad vale un crimen. Es estúpido en cuanto procedimiento, porque, como he probado, es equivocado, y resulta contraproducente como procedimiento anarquista; ahora bien, por lo que respecta a la moral del procedimiento, es inteligente. Y dado que mi procedimiento era el verdadero, he venido utilizando legítimamente, como anarquista, todos los medios para enriquecer. Y hoy ya he realizado mi limitado sueño de anarquista práctico y lúcido. Soy libre. Hago lo que quiero; dentro, claro, de lo que resulta posible hacer. Mi lema, como anarquista, era la libertad; pues tengo libertad, la libertad que, por el momento, cabe tener en nuestra sociedad imperfecta. Quise combatir las ficciones sociales; las he combatido y, lo que es más, las he vencido.
-¡Alto, alto! Será como tú dices, pero hay algo que no percibes. La condición para tu procedimiento de acción no fue crear libertad solamente sino además no crear tiranía. Y has creado tiranía. Como acaparador, como banquero, como financiero sin escrúpulos perdóname, pero tú lo has dicho creas tiranía. Tanta tiranía como cualquier otro representante de esas ficciones sociales contra las que dices luchar.
-No, querido, te equivocas. No he creado tiranía. La tiranía que puede resultar de mi acción contra las ficciones sociales es una tiranía que no surge conmigo y que, por tanto, no he creado; está en las ficciones sociales, yo no la he añadido a ellas. Es la tiranía propia de las ficciones sociales; y no podía, ni me lo propuse, destruir las ficciones sociales. Voy a repetirlo por centésima vez: sólo la revolución social podrá destruir las ficciones sociales; antes de que llegue la revolución, una acción anarquista perfecta, como la mía, no alcanzará más que a sojuzgar esas ficciones, y a sojuzgarlas únicamente respecto del anarquista que pone dicho procedimiento en práctica, puesto que el procedimiento no admitiría más honda sujeción de las ficciones. No se trata de no crear tiranía; se trata de no crear tiranía nueva, de no generar tiranía donde estaba ausente. Trabajando en conjunto e influenciándose unos a otros como te ya te expliqué, los anarquistas crean tiranía entre sí, fuera y aparte de las ficciones sociales; y semejante tiranía es una tiranía nueva. Esa es la que yo no he creado; incluso no podría crearla, dadas las condiciones mismas de mi procedimiento. No, amigo; yo sólo he creado libertad. He liberado a uno; me he liberado a mí. Porque mi procedimiento, que como he probado es el único verdaderamente anarquista, no permite liberar a nadie más. He liberado lo que podía liberar.
-Bueno, de acuerdo. Pero date cuenta de que con este argumento uno casi se ve llevado hasta el punto de creer que ningún representante de las ficciones sociales ejerce tiranía... Y no la ejerce. La tiranía es de las ficciones, no de los hombres que las encarnan. Esos hombres son, por así decirlo, medios utilizados por las ficciones para tiranizar, del mismo modo que la navaja es el medio empleado por el asesino; y, ciertamente, tú no pensarás que aboliendo las navajas desaparecerían los asesinos... Mira... Destruye a todos los capitalistas del mundo, pero sin destruir el capital... Al día siguiente, el capital, ya en manos de otros, seguirá ejerciendo su tiranía por medio de esos otros... En cambio, deja a los capitalistas y destruye el capital...
¿Cuántos capitalistas quedarán? ¿Es que no lo ves?
-Sí, tienes razón.
-Escucha: de lo máximo, máximo, máximo de que puedes acusarme es de incrementar un poco poco, muy poco la tiranía de las ficciones sociales. Y el argumento es absurdo, porque, insisto, la tiranía que yo no debía crear, y no he creado, es otra tiranía. Sin embargo, queda un punto débil: según este razonamiento podrías acusar a un general que combate por su país de ser el causante del número de bajas de su propio ejército, del sacrificio hecho por hombres de su país para vencer.
.Ahora: quien va a la guerra, mata o muere. Hay que conseguir lo principal; lo demás...
-Bien, bien... Pero fíjate en otra cosa. El verdadero anarquista no quiere la libertad únicamente para sí; la quiere para todos. Según parece, la quiere para la humanidad entera.
-Sin duda. Pero ya te expliqué que, de acuerdo con el procedimiento descubierto por mí como el único de acción anarquista, cada cual tiene que liberarse a sí mismo. Yo me he liberado; he cumplido mi deber para conmigo y al mismo tiempo para con la libertad. ¿Por qué los otros, mis camaradas, no han hecho lo mismo? Yo no se lo he impedido; y el crimen habría sido éste: habérselo impedido. Y no lo hice, siquiera, escondiéndoles el verdadero procedimiento anarquista: una vez descubierto, se lo expliqué claramente a todos. El procedimiento, en sí, me impedía hacer más. ¿Y qué más podía hacer? ¿Obligarlos a seguir el camino? Aun pudiendo no lo hubiera hecho, porque les habría arrebatado la libertad, y eso iba contra mis principios anarquistas. ¿Ayudarlos? Por la misma razón tampoco hubiera podido. Nunca ayudo, ni he ayudado, a nadie; porque cercena la libertad ajena, ayudar también va contra mis principios. Lo que tú me criticas es que lo mío no abarque más que a una sola persona. Pero ¿por qué me criticas el haber cumplido con el deber de liberar hasta donde podía llegar a cumplirlo? ¿No sería mejor que los criticaras a ellos por no haber cumplido con el suyo?
-Digamos que sí... Pero esos hombres no han hecho lo que tú porque, naturalmente, no son tan inteligentes, o no tienen tanta fuerza de voluntad, o... Ah, amigo: éstas son ya las desigualdades naturales, no las sociales... Y el anarquismo no tiene nada que ver con eso. El grado de inteligencia o voluntad de un individuo es cosa suya, y de la Naturaleza; incluso las mismas ficciones sociales no entran ni salen en esta cuestión. Como dije, hay cualidades naturales que, según presumo, han sido pervertidas por la prolongada permanencia de la humanidad en las ficciones sociales; pero la perversión no está en el grado de la cualidad, dada en términos absolutos por la Naturaleza, sino en la aplicación de la cualidad. Pues bien: una cuestión de estupidez o de falta de voluntad nada tiene que ver exclusivamente con su grado. Por eso te digo que se trata aquí, ya en términos absolutos, de desigualdades naturales sobre las que nadie posee poder alguno, ni existe cambio social que las modifique porque no se puede hacer de mí un hombre alto, y de ti uno bajo...
»A menos... A menos que en el caso de esos tipos, la perversión hereditaria de las cualidades naturales haya ido tan lejos que llegue al fondo mismo del temperamento..., que haga que un fulano nazca para esclavo, que nazca naturalmente esclavo, y por tanto incapaz de cualquier esfuerzo en el sentido de su liberación. Pero en tal caso..., en tal caso..., ¿qué tienen que ver los que son así con la sociedad libre o con la libertad? Cuando un hombre nace para esclavo, la libertad, por contraria a su naturaleza, para él resulta tiranía.
Hubo una breve pausa. La interrumpí con una carcajada.
-En realidad, eres anarquista dije. En todo caso, da risa, después de haberte oído, comparar lo que eres con lo que son los anarquistas que andan por ahí...
-Amigo mío, lo he dicho, lo he probado, lo repito... No hay otra diferencia: ellos sólo son anarquistas teóricos, y yo soy teórico y práctico; ellos son anarquistas místicos, y yo científico; ellos son anarquistas acobardados y yo lucho y libero... En una palabra: ellos son pseudo anarquistas, mientras que yo soy anarquista.
Y nos levantamos de la mesa.
INVITADOS
NACISTE SOBRE UN MONTÓN DE CASTAÑAS
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BIOGRAFÍA CURRICULAR
Antecedentes vitales
Edmundo Rafael Moure Rojas nació en Santiago de Chile, el 4 de febrero de 1941, hijo de Cándido Moure Rodríguez, gallego, nacido el 12 de febrero de 1912, en Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Lugo; emigrado a Argentina en diciembre de 1924, y, en abril de 1933, definitivamente, a Chile; y de Fresia Rojas Ramírez, chilena, nacida en Valparaíso, Chile, el 31 de diciembre de 1913, descendiente de extremeños. Moure Rojas posee la doble nacionalidad, chilena y española, desde 1992.
Está casado con Gloria Marisol Moreno del Canto, chilena, nacida el 21 de mayo de 1958, de profesión Licenciada en Filosofía. Tiene con ella dos hijos, José María Moure Moreno, nacido el 2 de agosto de 1989, y Sol Moure Moreno, nacida el 31 de enero de 1994, ambos en posesión de la doble nacionalidad chilena y española.
Sus hijosmayores son: Karen Moure Casabianca (11.09.1966), Michel Moure Casabianca (01.01.1968) y Mauricio Moure Casabianca (12.05.1972)
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MICAELA SOUTO
PENÚLTIMA CARTA
Benquerido Edmundo, perdona el considerable atraso en responder tu última carta, fechada en Copiapó, el 30 de julio de 1997, en la que me contabas de los dos terribles temporales y consiguientes aluviones ocurridos allí, en pleno desierto de Atacama, donde pueden pasar treinta años sin que caiga una sola gota de lluvia… Es sobrecogedor el relato que haces de aquel desastre, y penosa la manera en que perdiste un trabajo tan bueno, cuando creías “haber salido de pobre”, para volver a las cotidianas estrecheces... Doce años se pasan volando, y asimismo treinta y sesenta. A estas alturas sólo el tiempo es vertiginoso en nuestras vidas, ¿verdad? Pero también me hablas de ese notable fenómeno, el “desierto florido”, y cómo después de una lluvia los montes y los llanos del desierto más árido del mundo se llenan de flores, pájaros e insectos… Es como una abigarrada metáfora de la esperanza.
No me guardes rencor, cariño, por este prolongado silencio… Supe ahora que en el 2005 te llegaron noticias de mi muerte por inmersión, después del naufragio de la goleta Anduriña, frente a las costas de la isla Melinka, y que publicaste un sentido artículo en “Galicia en el Mundo”, y que tu tío Pepe preguntó varias veces por mí, lamentando no haberme conocido en persona… Y habrás llorado mi muerte, Mundiño… Pero no fue tal. Sobreviví al desastre, en un bote de goma, con el patrón Alvarado, gravemente herido por la explosión del motor, que acabó con los cuatro tripulantes... Cuando me recogieron unos cazadores de lobos marinos, el hombre había muerto, por lo que lo lanzaron al mar, sin más preámbulos; apenas con un padrenuestro que musité en nuestra lengua... Él llevaba puesta mi vieja zamarra gallega, con la que traté de protegerlo del frío glacial. Dentro de aquella chaqueta, viajada por todos los mares, iba mi carné del extinto Partido Galleguista. Meses después, el cadáver, irreconocible y atrozmente devorado por los peces, llegó hasta la ribera de isla Dawson. Los marineros del faro entregaron aquella identificación, digna del realismo mágico, a las autoridades marítimas. Nadie se preocupó de exámenes de ADN ni de mayores finezas técnicas… Vi el aviso de mi propia muerte, pero no quise recusarlo. ¿Quién iba a interesarse aquí por mi deceso? Además, estar viva o muerta no es cosa de obituarios, sino de esa conjunción insuperable del cuerpo desfallecido y del alma en derrota.
Decidí marchar al último Finisterre, a Puerto Williams, el asentamiento humano más austral del mundo, donde termina la tierra y se abren los abismos del Cabo de Hornos, con sus olas que parecen montañas inquietas, entre las que aún surge, en medio de sus intermitentes temporales, el desarrapado navío del Holandés Errante… Nada más llegar, adquirí una casa de madera, en la que hacía tres meses muriera su dueña, maestra de escuela, viuda... La única hija, en trance de marchar definitivamente a Punta Arenas, me la vendió por poco dinero… Está asentada, como palafito de largos zancos, sobre una colina que mira la boca atlántica del canal Beagle; tiene una terraza abierta que es sólo un adorno, porque el viento no te permite permanecer ahí ni un par de minutos en reposo…
Después que muriera tu amigo, Antonio Cárdenas, don Tono, con quien mantuve una cálida relación, me fui del villorrio de Calen, trasladándome a Dalcahue. Conocí a Demófilo Pedreira Rumbo, ese extraordinario gallego del Grove, que encontró su comarca perdida de la infancia en Chiloé. Fue el último hombre que he amado, aun en plena senectud, cuando creía yo que la libido era un cadáver mustio en mis remembranzas... Sabrás que Demófilo se marchó a México, en mayo de 2007, a casa de su única hermana, luego que le diagnosticaran un cáncer terminal. Quise buscar también mi postrer territorio, un lugar desprovisto de memoria, donde los recuerdos quedaran vagando en los sueños, sin referencias con el paisaje y su gente. Lo encontré aquí, en Puerto Williams, donde ya puedo atisbar, serenamente, el rostro de la parca.
Tú que indagas tanto sobre las huellas de los gallegos, sabrás que el primer alcalde de esta villa de dos mil trescientas almas fue José Andrade Urzúa, electo en abril de 1956. Era descendiente de los Andrade de Pontedeume, nieto de padre gallego emigrado a la ciudad de Punta Arenas. José tuvo trato con Antonio Soto, el líder gallego de la Patagonia rebelde (Lois Pérez Leira escribió sobre este notable paisano nuestro, que dedicó lo mejor de sus días a la causa sindicalista; al parecer, seguiremos en el plano del realismo mágico, a punta de memorizar la inútil nostalgia, en un planeta donde se ha instalado una suerte de esclavitud globalizada y uniforme, al servicio de poderes ocultos, sin rostro ni filiación).
Hace unos años supe, por una sobrina lejana que vive en Compostela, que ganaste un certamen literario utilizando mi nombre, para confundir al jurado con tus arrestos andróginos. Al principio me dio un poco de rabia, pero luego de conocer el texto, me reconcilié contigo. Era sobre la Xeración Nós, y había allí figuras señeras que conoció mi padre, como Otero Pedrayo y Castelao… Escribes bien, díscolo poeta del sur, eres un atildado cronista, aunque nunca me superarás, porque no es sólo cuestión de habilidad con las palabras, sino de la hondura estética que uno puede o no alcanzar a cabalidad, y eso viene de los padecimientos vitales y también de los genes, porque allí habla el inconsciente colectivo, a través de las generaciones, aunque ese receptáculo de la memoria tribal aun no se conoce ni devela en su fascinante plenitud.
Recuerdo a menudo los breves años que vivimos juntos en tu cabaña del Rincón de La Florida, esas interminables conversaciones nocturnas, cuando después de cenar fumábamos la gloriosa marihuana maya que cultivabas en macetas, emulando a Valle Inclán… Nos sentábamos a la mesa, uno frente a la otra, entrelazábamos nuestras manos y encendíamos un diálogo exquisito, entre el humo y el vaho embriagador del vino; no había, no hubo, más caricias que aquéllas –tampoco hubiera sido necesario otras más apasionadas-… Jugábamos a hilvanar frases de calidad literaria, despojadas de toda cursilería; si alguno de nosotros incurría en tal desliz, su penitencia era soltar la mano derecha del entrelace y escanciar una copa de vino para el oponente. Bautizábamos aquellos excesos como “borracheras semánticas”, y las mentábamos en las tertulias de la Sociedad de Escritores, o las traíamos a colación mediante un simple guiño de inteligencia, cuando nuestros pares caían en lesa siutiquería.
Recuerdo que, durante los años 89’, cuando padecíamos los últimos estertores de la zafia y feroz dictadura de Augusto Cuartelero, escribiste artículos y crónicas con mi nombre, en La Época, El Siglo, Fortín Mapocho, La Nación y Punto Final. Era divertido para mí ver cómo imitabas mi estilo, por eso jamás pensé en reprochártelo, ni menos en demandarte, como algunos escribas envidiosos me sugirieron… Contaste entonces la anécdota –no sé bien si fue verdadera- de aquel avezado periodista que te comentó: -“Moure, comparando tus crónicas con las de Micaela Souto, debo decirte que ella te da cancha, tiro y lado…” Y tú no te imaginabas, Mundiño, que iba yo a vivir mi propia vida fuera de ti, que escaparía definitivamente a tus juegos verbales, a tus triquiñuelas y fantasías de biblioteca.
Mundiño, te has pasado la vida inventando personajes y situaciones, en medio de tu mitomanía literaria, que sin duda te ha dado algunos dividendos estéticos, pero que te arrastra a confundir realidad y fantasía, mito y verdad, sueño y concreción, hasta el punto que ya ni sabes quién eres, si Edmundo o Micaela, o si vives en Ñuñoa o en Puerto Williams, o si naciste en La Cisterna o en Santa María de Vilaquinte… Yo sólo sé que cuando te mueras, tus cenizas se confundirán con las mías, en la confluencia final de los océanos que amamos.
No te describiré estos parajes, salvo para decirte que hay bosques tupidos e impenetrables, que la temperatura máxima, en pleno verano, llega apenas a los 7º Celsius y en invierno desciende hasta lo 5º bajo cero; que hay cuatro horas de luz mortecina durante el invierno y parte del otoño, y en primavera y verano se abre un día triste e interminable, con sus enloquecidas cabalgatas de nubes que vienen desde los blancos páramos de la Antártica… Me paso el día leyendo, poeta, y a las siete de la tarde bajo hasta el bar de Angélica, una yugoeslava recia como un roble joven, simpática, directa, narradora natural de las mejores historias. Bebo ginebra, ya que no hay oruxo, cerveza a veces y algo de vino. Tú que me conoces, sabes que soy una alcohólica controlada que pocas veces se ha desmadrado… En todo caso, tengo varias botellas de brandy, pero es un licor que merece beberse conversado… Si vienes por aquí, anúnciate con anticipación, no como aquella vez, a comienzos de los ochenta, cuando apareciste de súbito en Lisboa, en mi apartamento de la Rúa dos Douradores, con sombrero, abrigo amarillo y anteojos de ancha montura negra, como un espectro de Fernando Pessoa, y casi me provocas un infarto… Si no vienes, ya nos encontraremos, porque sólo tú y yo conocemos nuestro secreto: el destino de fundirnos, de ser uno, indisolublemente.
Siempre tuya, Micaela.
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